Yo no tengo casa propia, negocios o terrenos a mi nombre. Tampoco los tendré nunca si no pido un préstamo al banco. Claro, antes debo convencer a su "sistema de riesgo" de que soy una mujer responsable y de respetables ingresos, incluso de que cuento con el respaldo de mi pareja. Pero no soy la única que enfrenta ese problema. En Ecuador el acceso al crédito está marcado por la desigualdad.

De cada 100 dólares entregados, 81 los reciben hombres y sólo 19 van a las mujeres. Los rigurosos requisitos exigidos por la banca, las altas tasas de interés e incluso la violencia de género hacen casi improbable que las mujeres accedan al sistema financiero. ¿Se puede cambiar este modelo?

Buscando respuestas encontré la historia de Tomasa. Ella es madre de Gabriel y Daniel, de 9 y 6 años.  Mientras su esposo Arturo vende discos compactos en las esquinas de Machala, ella administra las tareas de su hogar.  Durante mucho tiempo, su proyecto fue abrir una venta de comida para mejorar los ingresos de la familia y tocó muchas puertas para lograrlo: bancos, cajas de ahorro, pequeñas compañías financieras. La respuesta fue siempre no. Sus bajos ingresos, carencia de propiedades y no contar con un trabajo formal le impedían, como a la mayoría de mujeres pobres, acceder al sistema de crédito ecuatoriano.

Aquí más datos que lo confirman. Hoy, sólo tres de cada 10 créditos entregados en Ecuador van dirigidos a mujeres. Esta situación se agrava al tomar en cuenta que el acceso a este recurso no garantiza su control. Estudios realizados en el país confirman que por causa de la violencia de género, suelen ser los varones quienes utilizan el dinero obtenido por sus parejas.

¿Qué pasa entonces? Excluidas del sistema financiero, las mujeres han desarrollado sus propios mecanismos de sobrevivencia. A pequeña y mediana escala impulsan cajas de ahorro, cooperativas, bancos comunitarios e intercambios de productos y servicios para abrir las oportunidades que el mercado no les ofrece.

Fue así como Tomasa obtuvo -por fin- su primer crédito productivo. En febrero de 2007, ingresó en una cooperativa de mujeres y abrió una venta de almuerzos. Un año después, gracias al pago puntual de sus cuotas y al crecimiento de su negocio, ha renovado  su crédito por 200 dólares más. Ese dinero le permitirá comprar mesas y sillas para atender mejor a sus clientes.

"No sólo recibo el dinero, sino también capacitación para invertirlo bien" me explica Tomasa, quien ahora sueña con establecer una cadena de restaurantes para invertir las ganancias en la educación de sus hijos.  "Con el apoyo que recibo me siento más segura de mi misma y ahora sé que este crédito no es un favor, sino un derecho que tenemos todas", añade.  

Para impulsar estas experiencias, fortalecer la voz política de las mujeres y exigir el cumplimiento de sus derechos económicos, Intermón Oxfam y el Ayuntamiento de Madrid impulsan el programa "El crédito, un derecho de las mujeres ecuatorianas".  Desde 2007 esta iniciativa busca, simultáneamente, mejorar el acceso al crédito y crear condiciones estructurales para que el sistema financiero reconozca las formas solidarias y no tradicionales de organización creadas por las mujeres.

En el mediano plazo, la apuesta es crear un modelo financiero inclusivo y solidario concebido no como un fin en si mismo sino como herramienta clave para avanzar en la construcción de un modelo desarrollo humano -e incluso económico- más justo, equitativo y sostenible.

No se trata de microfinanzas, sino de finanzas con enfoque de género. No se trata de microcrédito, sino de crédito para todas y todos, en igualdad de condiciones. No se trata de una opción económica especial para las mujeres, se trata de cumplir su derecho a una vida sin pobreza.  No se trata de una excepción...Se trata de miles de mujeres como Tomasa.