martes, 29 de enero de 2008 18:47
Susana Arroyo
Las erupciones siguen, la vida también
¿Cuál es su rutina por las mañanas? Seguro no será buscar una mascarilla antes de salir de casa, llevar una linterna en la mochila o estar pendientes de cuántas explosiones se sienten en una hora. Esa es la rutina de Jonatan, un niño de 10 años que vive con su familia en Cotaló, una pequeña comunidad en las faldas del volcán Tungurahua.
Cómo él, miles de personas de la zona cumplen al pie de la letra rigurosos planes para reducir el impacto de las erupciones, cada vez más frecuentes desde hace tres semanas. Nos encontramos con sus historias en una visita que hicimos hace unos días a las poblaciones de mayor riesgo. ¿Nuestro objetivo? Escuchar cómo viven y qué demandan esas comunidades ante el aumento de la actividad de la "Mama".
¿Cómo es tener a "la Tungurahua" como vecina? Jonatan me responde con una calma envidiable, mientras me invita a jugar con él y sus amigos un partido de voleibol. "Yo todavía le tengo miedo a los retumbos y no me gusta nada la ceniza, pero igual voy a la escuela, al mercado y a jugar a la plaza". Entre puntos y celebraciones, las explosiones marcan el tiempo cada 5 minutos, 7 minutos, 10 minutos. Para esos chicos, el volcán juega con ellos también.
Y es que las comunidades se debaten entre detener sus actividades productivas o personales, evacuar temporalmente, cambiar de ciudad... o seguir adelante a pesar de la amenaza que enfrentan. Por ahora, viven en un punto medio: conocen los niveles de alerta, ubican las zonas de mayor seguridad y repasan las rutas de evacuación, pero todo en medio de un esfuerzo grande por seguir viviendo con "normalidad".
"Hemos vivido acá por generaciones. Mis abuelos, mi madre y ahora mis hijos, siempre con épocas de erupciones que nadie sabe cuánto durarán. ¿Para qué irnos entonces? Nadie sabe qué va a pasar y por eso, nos quedamos". Como Berta, son muchas las mujeres y hombres que nos anunciaron a nosotros --y a las autoridades-- que se lo pensarán dos veces antes de evacuar y muchas más si se trata de trasladar su pueblo a otra zona de Ecuador. "Quieren que nos vayamos pero no están fácil, aquí nacimos y echamos raíces, si hay que morir morimos, pero nadie nos convecerá de salir".
Desde 1999, muchos han sido los esfuerzos para que las comunidades de las provincias de Tungurahua y Chimborazo reduzcan su riesgo ante posibles erupciones. Créditos para comprar terrenos en otras zonas, fondos para apoyar la reconversión productiva, talleres de capacitación, formación de brigadas, mejora de los albergues, implementación de sistemas de alerta temprana. La lista es larga.
¿El resultado? Todo suma, pero no es suficiente. Esas iniciativas deben continuar con o sin proceso eruptivo y siempre en estrecha coordinación con las poblaciones de la zona. Las personas, las autoridades y las organizaciones debemos apostar por construir comunidades más seguras y cada vez mejor preparadas.
Hoy, se cumple una semana de nuestra visita y los diarios anuncian que las erupciones aumentan. Mientras tanto, Jonatan hace sus deberes antes de otro partido y Berta regresa de regar su plantación de maíz. Su vida sigue, la de 'Mama Tungurahua' también.