El volcán Tungurahua.Es un cono casi perfecto. Se levanta inmenso a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar y nunca duerme, ruge sin cansancio mientras expulsa de su cráter densas columnas de gas y ceniza. El imponente volcán Tungurahua es tan amenazante como su belleza.

Una de sus erupciones más grandes fue en 1999 y la más reciente en julio y agosto de 2006, cuando miles de personas en las provincias de Pichincha y Chimborazo perdieron sus medios de vida: ganado, tierras cultivables, depósitos de agua; todo quedó destruido tras las explosiones de la 'Mama Tungurahua'.

Más de un año después, las comunidades afectadas continúan recuperándose, pero no están libres de una nueva erupción. Su día a día es convivir con el volcán, sentir sus retumbos y el olor a azufre, cultivar en sus faldas donde la ceniza hace la tierra mucho más fértil.

Y es que los terremotos, lluvias, huracanes y las erupciones volcánicas son fenómenos naturales que siempre han estado presentes entre nosotros. Su impacto sobre las poblaciones y la destrucción que generan a su paso, son el resultado condiciones preexistentes como la pobreza y la ausencia o debilidad de las políticas de prevención.

¿Qué hacer entonces? Una de las claves está en el aumento de las capacidades de la gente y del Estado para organizarse, capacitarse y reducir los riesgos: conocer las amenazas a las que estamos expuestos --y sobre todo las capacidades y recursos que tenemos para enfrentarlas-- aumentan las posibilidades de reducir el impacto de los desastres.

Es en este marco que Intermón Oxfam y la Agencia Española de Cooperación Internacional impulsan el proyecto Preparativos para desastres en las provincias de Tungurahua y Chimborazo. Esta iniciativa --ejecutada por la Central Ecuatoriana de Servicios Agrícolas (CESA)-- se propone aumentar el nivel de preparación ante futuras emergencias y reforzar las capacidades de las comunidades y las autoridades locales, para enfrentarlas.

Gobiernos provinciales y cantonales, líderes comunitarios y juntas de la Defensa Civil son los actores clave de este proceso. Juntos y bajo una estrecha coordinación, participan en la puesta al día de planes de contingencia y protocolos de organización que mejoren sus capacidades para responder a posibles emergencias en las comunidades de Penipe, Guano y Pelileo.

Pero ahí no acaba todo. Este esfuerzo busca también mejorar los servicios de agua y saneamiento de las escuelas, salones comunales y otros espacios comunitarios que suelen funcionar como albergues temporales durante una situación de desastre. Así, se cumplirán al pie de la letra normas internacionales establecidas por el Proyecto Esfera. ¿Proyecto Esfera? De eso conversaremos en otro momento.

Por ahora sólo quiero contarles una cosa más: la reducción de riesgo de desastres es más que una importante acción humanitaria, es una inversión integral a favor de las comunidades y su infraestructura, de su patrimonio y de su historia... Es una apuesta por el desarrollo y por la vida.