Cartel de dentistaHoy ha empezado un día como otro cualquiera. Es decir, parecido a ninguno anterior. Tras despertarme con ese, tan sabroso para ellos como detestable para mí, olor a pescado fermentado frito me dirijo al lavabo. Al abrir la puerta de mi dormitorio uno de los varios gatos que han hecho su casa del lugar en el que vivo ha salido corriendo.

Tengo que admitir que, a pesar del disgusto que tendrá mi hermana al leer esto, odio a esos gatos porque maúllan en medio de la noche y no han encontrado mejor sitio para marcar su territorio con orines y heces que una de las duchas, y sólo hay dos. Sin embargo, también hay que romper una lanza a su favor pues desde que se instalaron aquí ya no hay ratas ni ratones, tan comunes por estos lares y que ya se habían comido parte de las riñoneras de mi mochila.

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Salit y maridoSentado bajo un pobre cobertizo de madera y paja descubro el valor de nueve vidas: un microcrédito de 207 euros.

Abrazando una de sus piernas por la rodilla y la otra colgando, moviéndola a ratos nerviosamente y a ratos meciéndola, Salit me cuenta, entre palabras entrecortadas y risas nerviosas, su proyecto. Ella, Salit, de una apariencia que ronda la cuarantena, es madre de siete hijos: Salit, Salí, Salat, Salay, Salam, Saley y otro más cuyo nombre olvidé por haber escapado a esa tradición de nombres tan seseantes. Me explica que por 1.000 baths tailandeses podrá alquilar una hectárea y media durante tres años. Un vecino suyo, propietario de ésta y muchas más tierras, le ha hecho una muy buena oferta. Mas, ¿con qué financiar ese proyecto si apenas tienen para comer y comprar ropa?

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Niño camboyanoEn medio de una atronadora tormenta de este estío que no acaba, ducha fría acogedora, he sentido envidia de quien nada tiene y tanto posee. En soledad, el agua resbalando por sus largos cabellos, la tela pegada a la piel tersa a pesar de sus minúsculos huesos, los pies descalzos semienterrados en el rojizo barro arcilloso de lo que fue un camino y las manos alzadas a un cielo que no se ve con la boca bien abierta clamando en silencio por un poco más, sus ojos, sin pronunciar palabra, me han hablado de lo que tuve y olvidé.

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CamboyaSoy neoliberal, si es por creer que este país saldrá adelante si las empresas vienen aquí y llenan sus fábricas de trabajadores. Si este país carece de dinero propio con el que montar sus negocios, ¿de dónde saldrá la inversión necesaria si no es del extranjero? ¡Qué malvados los empresarios que sólo buscan su beneficio y que de paso dan empleo a miles de personas! ¿Quién no quiere que su negocio prospere y conseguir mayores beneficios? Otra cosa será el modo de invertir dichos beneficios.

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YangonEs trece de abril y son las 6:05 horas de la tarde. En este Año Nuevo que empieza habré de ser bendecido por un monje de pelo rapado y túnica naranja esparciendo agua bendita contenida en un bol de plata lleno de pétalos de flores aromáticas. ¡Qué bucólico!, pienso mientras sostengo entre mis manos una de las más famosas guías de Camboya que en su portada ilustra a uno de esos monjes con un frondoso y verde bosque como fondo. Leer más

Lo he vivido en cada minuto pero ha pasado sin darme cuenta. El largo camino que al principio veía ha quedado atrás. He pasado los monzones y los festivales, el calor y el sofoco para que todo se vuelva a repetir. Ha sido intenso como jamás lo fueron los demás. Han sido 365 días que resultan escasos para entender pero que como un soplo de viento han variado inexorablemente mi rumbo. Ha sido un año en Camboya. Leer más

De vez en cuando alguien, con buenas intenciones, me dice “Javi, muy bien por ayudar, pero, por favor, no los occidentalicéis”. Entonces no puedo evitar pensar qué es lo quiere decir con lo de occidentalizar. Y su comentario siempre tiene que ver con beber Coca-cola, como si esta bebida fuese la cúspide de la cultura occidental. Leer más

KumriengSon 110 kilómetros de polvo en dirección oeste hacia la frontera con Tailandia por un paisaje que se va alegrando con colinas y bosques lejanos. Los últimos 20 son un martirio para los amortiguadores y nuestras espaldas, en un camino que en plena temporada seca está ya lleno de socavones que anuncian auténticos cráteres cuando la tierra, ablandada por las lluvias de mayo, ceda como plastelina bajo el peso de camiones de dos remolques.

 

Nos rodean campos de árboles frutales y de patatas que se secan al sol antes de llevar al molino para hacer harina con ellas. Es Pailin, una zona eminentemente agrícola en la que el arroz es la excepción y en que hasta hace no tantos años era conocida por sus espesos y altos bosques. La deforestación ha hecho mella aquí como el resto de Camboya, que ha pasado de tener un 60% de superficie forestal en los años sesenta a alrededor del veinte y pico por ciento hoy en día. Leer más

La Reina, en Battambang

Aún estamos de resaca. El jueves pasado, día 21, fue fiesta grande, de las que se recuerdan por mucho tiempo. Más de un año de espera consumido en un día. Vino a visitarnos nuestra reina, la Reina Doña Sofía. 


¿Cómo hacer entender lo que significa, para estos niños mutilados y estas gentes pobres, que una reina venga a visitarlos? Aunque Camboya es también una monarquía parlamentaria el Rey, curiosamente con un papel aún menor que en España, tiene una imagen muy poderosa en la mente de la gente. Es un símbolo de máxima altura y respeto. Hay, incluso, un vocabulario propio bastante extenso que sólo se emplea en caso de dirigirse al Rey.

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Lo primero que experimentas cuando llegas a Camboya es que todo el mundo te mira. Te sientes observado y tras repasar toda tu ropa, incluyendo la bragueta, y mirarte al espejo por si tienes algo raro en la cara caes en la cuenta de que aquí el bicho raro eres tú. Al igual que te quedas mirando a un paquistaní paseando con su turbante por cualquier centro comercial de Barcelona, ellos te miran a ti. Leer más

AnathaCon el sol aún perezoso, el alba da forma y luz rasgando la oscura noche. El día apenas despunta pero se vislumbran las primeras bicicletas montadas por uno o varios  pequeños cuerpos, enfundados todos en camisas blancas y pantalones o faldas azules. Un poco más tarde, con un sol intensamente naranja, redondo y perfecto escalando el horizonte ya se han convertido en una manada casi incesante que, en dirección a la escuela, ocupa ambos lados de la calzada.  Niños por doquier. La gran esperanza y el gran reto para el porvenir. Es la rutina de los millones y millones de niños de este joven país.

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Niños y basuraMierda, miseria, pestilencia, miradas muertas en ojos de vida perdida. Viejos escondidos bajo la piel de jóvenes que cuentan sus años en toneladas de basura removida. No son más que niños nacidos adultos y a los que la palabra niñez les fue negada. Pilas de escombros en llamas delimitan lo que jamás fue su patio de juego, pero que ha sido, es y será, por conocido, su casa. Su cocina una hoguera más, por dormitorio cualquier lugar en el que echar la esterilla y por techo plásticos y cuerdas.

¿Cómo sonreír cuando el sol se levanta sólo para quemarte la espalda y la noche cae para traerte el peligro de un camión descargando a ciegas encima de ti? ¿Cómo respirar cuando el olor del regazo de tu madre es el del plástico quemando? ¿Cómo? Calzado en sus botas del treinta, sujeta en una mano el pincho con el que recoger las basuras mientras que la otra saca de su sucio saco de tela una espada de plástico.

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Battambang¿Estamos realmente dispuestos a ayudar? Siempre decimos que hay que ayudar al desarrollo de estas gentes que tan poco tienen. Sin embargo, por otro lado nos quejamos constantemente, por una u otra causa, de la globalización, a la que parece que hay que achacar todos los males.

Camboya tiene una industria textil cada vez más fuerte, que ocupa a tanta gente como el turismo. Es una industria formada por empresas que vienen a buscar aquí mano de obra barata. Los alrededores de la capital son un bullicio sin cese de tractores, camiones y furgonetas cargadas hasta rebosar de obreras, pues casi todas son mujeres, que empiezan o acaban sus turnos. Trabajan por unos 50 dólares al mes. Al cambio actual, unos 35 euros. Sé que en este punto ya habrá voces que digan que eso es explotación. Pero yo les recuerdo que un profesor de primaria cobra 25 dólares y que un salario decente no llega ni siquiera a los 100. Son más de 200.000 personas, que de otra manera estarían en la calle sin hacer nada.

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A esas horas del día el sol se desploma y la luna se alza, la luz es un pincel naranja que todo tiñe, las sombras se alargan y la vida renace al abrigo de una leve y breve tregua de calor.

 

La mesa y los bancos de un granito ya frío de enfrente de mi casa ofrecen acomodo a un número dispar de niños y adultos: es un corro de muletas, sillas de ruedas, piernas buenas, piernas malas, falta de piernas que se anima robando energía de la luz que se apaga. Los hay bajos, muy bajos y alguno que tal vez será alto, tuertos, ciegos y con vista de lince, con un brazo, dos muñones o de manos muy largas, con dos piernas de trapo, con una hercúlea como la otra enclenque, o de plástico y metal y alguno muy grande sin necesitar piernas para demostrar su altura de espíritu. Los hay listos, muy listos y algún que otro zoquete al que el aserrín se le escapa por las orejas, morenos, ninguno rubio, piel color café, café con leche o chocolate espeso, guapos y feos. Introvertidos pocos, parlanchines la mayoría, sonrientes todos.

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Kike FigaredoUn par de viejas sandalias azules de caucho de apenas un dólar y medio descansan sus desgastadas suelas en el umbral de la puerta de lo que a duras penas puede llamarse una casa. En el interior, en la penumbra, arrodillados y en círculo para manifestar su condición de iguales se reúnen, en medio de la pobreza, huéspedes e invitados.

La oscuridad se confunde con el color oscuro de su piel, que es el de la desesperanza de aquellos que sin saber lo que es perder, porque nunca tuvieron, siempre salen derrotados. Allí reluce débilmente un canoso flequillo de cabellos grises. Está acuclillado sobre sus pantorrillas. La cabeza inmóvil, atenta, escucha. Esa segunda piel que es la tela de su cromá amarillo y una cadena de plata de eslabones medianos, de la que cuelga un Cristo mutilado por debajo del corazón, son más carta de presentación que su nombre: son toda una declaración de intenciones. Más que su piel clara, su polo y sus pantalones chinos de corte occidental son las miradas agradecidas y atentas de los demás las que le delatan. A pesar de tener no tener hijos sus bocas pronuncian una cariñoso 'padre'. A pesar de no ser santo oficia sus pequeños milagros a través de su particular octavo sacramento: el de la silla de ruedas. Con él, levanta del suelo a muchos de sus 'hijos' que antes no eran más que gusanos.

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