Un par de viejas sandalias azules de caucho de apenas un dólar y medio descansan sus desgastadas suelas en el umbral de la puerta de lo que a duras penas puede llamarse una casa. En el interior, en la penumbra, arrodillados y en círculo para manifestar su condición de iguales se reúnen, en medio de la pobreza, huéspedes e invitados.
La oscuridad se confunde con el color oscuro de su piel, que es el de la desesperanza de aquellos que sin saber lo que es perder, porque nunca tuvieron, siempre salen derrotados. Allí reluce débilmente un canoso flequillo de cabellos grises. Está acuclillado sobre sus pantorrillas. La cabeza inmóvil, atenta, escucha. Esa segunda piel que es la tela de su cromá amarillo y una cadena de plata de eslabones medianos, de la que cuelga un Cristo mutilado por debajo del corazón, son más carta de presentación que su nombre: son toda una declaración de intenciones. Más que su piel clara, su polo y sus pantalones chinos de corte occidental son las miradas agradecidas y atentas de los demás las que le delatan. A pesar de tener no tener hijos sus bocas pronuncian una cariñoso 'padre'. A pesar de no ser santo oficia sus pequeños milagros a través de su particular octavo sacramento: el de la silla de ruedas. Con él, levanta del suelo a muchos de sus 'hijos' que antes no eran más que gusanos.
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