martes, 08 de enero de 2008 15:56
Javier Merelo,
Un soplo de 10 años. La huella de los jemeres rojos
Resulta imposible imaginar la hoz de la muerte segando la vida en estos arrozales de intenso color verde. Es inefable la atrocidad sufrida en millones de caras que sólo alumbran una sonrisa que parece eterna. Da escalofríos pensar en más de dos millones, ¡dos millones!, de personas pasadas bajo la cuchilla del machete.
De un total de nueve millones de almas, entre dos y tres millones (¡menuda imprecisión! un millón, más o menos, hijos todos de alguna madre) fueron asesinados en tan sólo cuatro años, los que van de 1975 a 1979, años de gobierno de los jemeres rojos. Resulta inconcebible que un mismo lugar puede albergar el paraíso de la sonrisa, la selva y los templos de Angkor, y el infierno de la paranoia del mal llamado Partido Democrático de Kampuchea escenificada en unos campos de exterminio que hacen que el averno imaginado por Dante se asemeje a un lugar de recreo.
Y, aunque diríase que todo se difumina con las perspectiva de las tres décadas pasadas desde entonces, en realidad no fue más que en 1998 cuando la violencia quedó atrás. Hace tan sólo 10 años que la guerrilla de los jemeres rojos depuso las armas. Únicamente, 10 veces tomadas las uvas al son de las campanadas de la plaza del Sol, 10 Años nuevos, 10 cumpleaños, sólo 10. Puedo recordar perfectamente cómo era mi vida hace un soplo de diez años.
El lunes, 7 de enero, se celebró el día del derrocamiento del gobierno de los jemeres rojos por parte del ejército vietnamita. No seré yo quien escriba sobre las desgracias sufridas por este país, pues no soy historiador. No seré yo quien aporte datos a la historia de los últimos 60 años de guerras escritos con el olor de la pólvora, la sangre, el miedo y la tortura. Son seis décadas de guerra de independencia de Francia, dictaduras de derechas, dictadura de izquierda, ocupación vietnamita y pacificación por fuerzas internacionales. Son años que dejan una huella profunda que la sonrisa no puede ocultar, aunque todo parezca haberse desvanecido en el silencio.
Sin embargo, sí escribiré sobre detalles que te hacen recordar que la imagen de las pesadillas vividas a la oscura luz del día de cuatro años eternos de carnicería no han sido borrados por los 30 años pasados. Todo sigue reciente y latente. ¿Qué sentía la gente en España en 1949, únicamente diez años después de acabar la guerra civil?, pues esto es lo que sucedió en Camboya, una gran guerra civil.
Unos ejemplos. A mi llegada a Camboya me sorprendió la poca presencia que tiene el francés. Tantos años de dominación francesa y el francés ha desaparecido. Nadie lo habla. Más bien, casi nadie. Cuando alguien se dirige a ti lo hace en inglés y rara es la vez que la lengua de Voltaire asoma. A un simpático taxista cincuentón, que se ocultaba del sol bajo un sombrero de grandes alas, le bastó un dedo para darme una explicación definitiva: con el dedo índice dibujó el recorrido que haría un cuchillo para seccionar el cuello. Eso es lo que pasaba con aquellos que hablaban francés, esa era la suerte que les esperaba a aquellos que habían sido ilustrados en "exceso".
Del mismo modo, también se resintió la lengua jemer como pude comprobar el viernes cenando con un grupo de jóvenes camboyanos. Entre las risas de los demás, uno de ellos pronunciaba palabras recién aprendidas en la universidad, que a los demás les resultaban divertidas y extrañas pues jamás las habían oído. Al igual que a aquellos que hablaban francés, a los que tenían un lenguaje excesivamente rico y culto les esperaba la misma suerte del machete. El uso de ciertas palabras y expresiones denotaba horas pasadas enfrente de libros y presuponía una cierta categoría social. El resultado, aparte de cientos de miles de gargantas seccionadas y cráneos reventados al ser despeñados por precipicios, fue un gran empobrecimiento del lenguaje.
Lo sufrido entonces también explica la manía de los camboyanos en dormir, si es posible, con la luz encendida para evitar, como dicen ellos, fantasmas o alguien viniendo a casa.
A lo que no me ha sido posible encontrar explicación es a los tatuajes. Un manto de silencio de vapores de alcohol dibuja una sonrisa melancólica y temerosa como respuesta a la pregunta. El vino de palma se ha convertido en el compañero más fiel y próximo para muchos de ellos, atormentados para toda la eternidad por lo que hicieron. La cirrosis será su particular guadaña.
También perdura lo que hicieron a vecinos, amigos, hermanos y padres. La destrucción de la confianza en el próximo es patente en las relaciones. Hijos denunciaron a padres, padres a hijos, hermanos a hermanas y viceversa en una delación continua. La confianza se rompió y la familia se destruyó para que la única "familia" fuera el estado. La consecuencia es un acerbado individualismo y pánico ante propuestas que impliquen cooperativas. Aún en las escuelas no se enseña esta historia y son muy reacios a hablar de ellos.
No obstante, también es cierto que poco a poco las cosas van mejorando. Estoy convencido de que el trato cordial, hospitalario y próximo que recibo cuando he llegado a conocer a algunos de ellos volverá a imponerse con una amplia y sincera sonrisa. Porque la paz, simbolizada por esta Naga esculpida con armas fundidas y cuya fotografía encabeza el artículo, es deseada por todos ellos a pesar de enormes dificultades y desigualdades. El único camino a ella es el desarrollo económico y el progreso social.