Niños, a la puerta de su casa en la temporada de lluvias.Hace una semana que volví de España de mis vacaciones y, hoy, un colega de Burkina, Omer, ha llegado a Benin a pasar una semana de sus días de fiesta. A él siempre le cuesta tomarse vacaciones, pero este año en especial: el número de inundaciones y de afectados no deja de aumentar en la zona.

Me explicaba lo que había visto hace una semana en una zona rica de Burkina, al lado de Bobo Dioulaso, la segunda ciudad económica y productora de arroz. Este cultivo se está relanzando en el país ya que su consumo no deja de aumentar y con él la factura de las importaciones.

Mi colega explicaba que doce pueblos estaban completamente inundados, la lluvia había conseguido deshacer los ladrillos de adobe de las casas que solo se reconocían como montones de tierra. La gente no tenía a donde ir y se refugiaban en las escuelas, únicos edificios hechos de cemento, en donde las había, y en donde no, esperaban la llegada de las tiendas de la cruz roja. Las tiendas tampoco eran suficientes para todos, así que había que echar a suertes los afortunados que tendrían un techo, aunque ese cobijo dejara mucho que desear debido al estado de las tiendas disponibles.

Omer me contaba que en un momento se tuvo que apartar del recinto ya que sus ojos estaban llenos de lágrimas: era una visión insoportable ver a tanta gente hacinada en espacios muy pequeños, donde se organizaban para que los niños estuvieran en el rincón más caliente, aunque sus únicas ropas estaban mojadas y no había recambio posible. Un concierto de toses acompañaba el espectáculo.

Mientras él hablaba, yo recordaba la preocupación del domingo pasado al volver de vacaciones sobre cómo y de qué manera  iban a llegar las grandes y numerosas maletas familiares.

Intermón Oxfam está identificando proyectos para socorrer a esta gente y sobre todo para poder asegurarles un medio de vida cuando se vuelva a la normalidad. La gran parte de la población son agricultores y su empresa, toda la inversión que hicieron desde mayo cuando empezaron la siembra hasta ahora, también se ha perdido con el agua.

Esta mañana hemos visitado juntos a un productor de Benin, también de arroz; en su cara se podía leer el cansancio y la desilusión: el agua ha inundado todo su campo y justo cuando lo vimos estaba planificando como cosechar el arroz que se podía salvar en piragua y secarlo encima de una antigua carretera que aún no estaba inundada. El hombre nos confesaba que hacia dos días había tenido la tentación de tirarlo todo por la borda pero que no tenía ninguna alternativa. Ni en Benin ni en Burkina existen indemnizaciones en caso de mala cosecha, los esfuerzos de años se pueden desvanecer y vivir en un eterno volver a empezar.

Después de ser espectadora de esta situación, siento una sincera admiración por estos hombres y mujeres que ponen todo su empeño y sus esperanzas en un oficio tan vulnerable y desasistido como es la agricultura. Aunque así sea, más del 60% de la población depende de ella, en África.

El Sahel es conocido por las grandes hambrunas provocadas por la sequía, y, poco a poco, se han creado a nivel local, nacional y regional dispositivos de prevención y de respuesta a esas crisis, pero el clima está cambiando y ahora el problema no es solo la sequía. Las inundaciones también provocan hambrunas y además la pérdida de bienes de los habitantes de la zona.

El cambio climático no es una teoría, es una realidad que afecta principalmente a las poblaciones más vulnerables a pesar de que quienes lo provocan son los que menos vulnerables son.