Después de estar cuatro meses fuera, en los que he podido trabajar en centroamérica y pasar unas buenas vacaciones en Galicia y Euskadi, hoy he vuelto a África, a Burkina Faso. Es una maravilla volver a estar en este continente y quiero compartir con vosotros/as las primeras horas de sensaciones desde mi llegada y poder transmitiros alguna de las cosas que me atrae tanto de esta tierra.

Llego al aeropuerto de Ouagadougou, y se confirma mi temor de que voy a tener problemas con inmigración: todos los extranjeros que bajan conmigo ya tienen su visado (yo no) y los pocos que están en la cola para obtenerlo llevan en la mano dos fotos (yo no tengo ninguna), 10.000 Francos CEFA (yo solo tengo euros) y el carnet de vacunación internacional (no lo tengo, me lo robaron en Mozambique el año pasado). Todos esos documentos figuran como imprescindibles para poder entrar en el país. Tengo todos los números para que me embarquen de vuelta a París en el mismo avión con el que he viajado.

Pero afortunadamente, el funcionario que me atiende, sólo me pide el pasaporte. A cambio, me entrega un recibo y el visado, advirtiéndome que debo regresar mañana con los 10.000 Francos CEFA y las dos fotos (ni media palabra sobre el carnet de vacunación). He pasado inmigración en menos de cinco minutos, sin problemas. No puedo dejar de comparar esta situación con las reacciones en Europa cuando falta algún papel para hacer algo: "lo siento", "las normas son claras", "el ordenador no me deja", "yo no puedo hacer nada"...

En el corto trayecto del aeropuerto a la ciudad, uno ya se siente en casa otra vez: la carretera viva, llena de gente andando a ambos lados, pequeños negocios, vendedores, bicicletas, motos, mujeres vestidas de colores llevando algo en la cabeza. Pero lo mejor es ver hordas de niños y niñas jugando solos, sin que ningún adulto a su alrededor les esté diciendo todo el rato cosas tipo: tened cuidado, comed la merienda, no os manchéis, a la casa que ya es tarde...

Circulo por una carretera asfaltada, pero todas las calles que desembocan en ella son de tierra, una tierra rojiza que caracteriza la zona. Dejo mi equipaje en el hotel, y como todavía es de día, me lanzo a darme una vuelta por la calle, para seguir disfrutando de las sensaciones del reencuentro con este continente.

Veo gente sentada hablando o paseando muy despacio, sin prisas. Pájaros de muchos tipos rebuscan su alimento entre las basuras. Pequeños negocios ambulantes de todo tipo: esmalte de uñas, ropa, CD's, hasta una peluquería montada en un hueco de 2 metros...  

Veo mujeres y hombres que viajan en los "chapas" o "matatus", unas pequeñas  furgonetas que se encuentran en todas las ciudades africanas; veo mujeres cargadas con cosas que han comprado en el mercado (o con lo que no han podido vender) esperando taxis compartidos; veo camiones destartalados que andan de milagro, echando un humo negro horrible.

Veo una puesta de sol increíble. La puesta de sol en África es un espectáculo diario y gratuito. Por la noche, de vuelta al hotel, me quedo un rato en un bar, donde unos músicos ensayan con un yembe y una Kora (un instrumento de cuerda de África del Oeste). ¡Que más podía pedir!

Los Europeos que vienen a África siempre me dicen "es que África es otro mundo". Bueno, creo que "el mundo" debía ser algo muy parecido a esto, donde la gente pasea, conversa, se busca la vida, enferma, se cuida y vive en contacto con la tierra. Nosotros en Occidente somos los que hemos creado "otro mundo" un poco esquizofrénico.

No todo es tan bucólico. No voy a negar que al final los músicos me sacaron unas cervezas por la gorra (el blanco paga, ya se sabe) y esta noche me han acribillado los mosquitos por haber dejado la ventana abierta.