miércoles, 23 de enero de 2008 18:03
Mònica Grau,
Del campo a la ciudad, ¿para qué?
Desde hace siete años he ido regularmente a Katmandú y la sensación que tengo cuando llego a la capital de Nepal es que el caos y las aglomeraciones no paran de crecer. De hecho, no es solamente una percepción personal, es una realidad, consecuencia de la falta de desarrollo de las zonas rurales, de la falta de servicios, de oportunidades y de la inseguridad creada por la inestabilidad política, que provoca que haya un flujo continuo de campesinos del campo a la ciudad.
Mucha de esta gente pasa de tener su propia casa y tierra para trabajar a malvivir con toda la familia comprimida en una pequeña habitación en la que cocinan, duermen, estudian... Además de trabajar en condiciones muy duras por cuatro rupias. A pesar de todos estos inconvenientes, prefieren esta situación a la del campo.
Las consecuencias de este fenómeno son una superpoblación de Katmandú, con todos los males que esto comporta, el desconocimiento de las normas urbanas por una amplia franja de población, problemas de convivencia y el aumento de pequeños hurtos y de la delincuencia por parte de los que no han encontrando la oportunidad que esperaban. En definitiva, se ha generado un problema de integración de los recién llegados.
En este escenario se desarrolla el trabajo de las oenegés, que se concentra, principalmente, en el valle de Katmandú. Los motivos de esta decisión son que trabajar en el núcleo urbano, la capital, agiliza la ejecución de los proyectos, reduce al máximo la capacidad de imprevistos, facilita la ‘monitarización' y permite cumplir con todos los requisitos a la hora de justificar el proyecto ante los que nos financian. Soy consciente de que estos no tendrían que ser los criterios de mayor peso a la hora de iniciar un proyecto, pero inconscientemente, muchas veces lo acaban siendo.
Si hacemos una identificación de las necesidades, a partir de una radiografía del país, seguro que encontramos necesidades y podemos desarrollar proyectos en muchos otros sitios, ya que en estos países hay necesidades y carencias en todas partes. En el caso concreto de Nepal, un análisis más preciso permite detectar que los principales beneficiarios de los proyectos localizados en el valle de Katmandú acaban siendo los campesinos emigrados a la ciudad, para ofrecerles educación, atención sanitaria a la que no tienen acceso, alfabetizarlos y enseñarles oficios, entre otras propuestas.
Es muy posible que si las acciones de las entidades que trabajan en el ámbito de la cooperación se centrasen más en el desarrollo rural, como fija el Décimo Plan Nepalí, evitaríamos que los campesinos tuvieran que dejar su casa, que el viaje a la ciudad en busca de oportunidades fuera más dirigida y ordenada y que los costes, posiblemente, fueran inferiores.
Es nuestro propio sistema, que quiere que lo hagamos todo tan bien, definiendo los protocolos a seguir desde la identificación de las necesidades hasta la evaluación para garantizar la eficacia y la eficiencia, el que hace que nuestros proyectos ‘perfectos' no sean los más apropiados para un sano desarrollo del país.