sábado, 19 de julio de 2008 1:51
Jordi Menéndez,
De invisibles a delincuentes
Yesenia aterrizaba en el aeropuerto de Tocontín (Tegucigalpa) procedente de Madrid, después de una larga aventura que empezó tres años atrás. Sentados en una cafetería, mientras esperábamos a que nos vinieran a buscar, me contó su historia.
En el 2005, las tierras de su familia se vieron afectadas por unas inundaciones que provocaron la pérdida total de la milpa (plantación de maíz), quedándose sin alimentos ni ingresos para poder subsistir. No tuvo más remedio que hipotecar su casa y su vida, dejando a su marido y a sus tres hijas pequeñas. Hizo las maletas para emprender un largo viaje dirección a España, donde, según le decían, era más “fácil” entrar que en Estados Unidos, y se ganaba más dinero.
Su entrada fue sencilla. Llegó a Barajas a las 6:00 de la mañana, mientras el policía de inmigración, todavía con la cara de sueño, tomaba su primer café del día; la miró, y con una mueca de indiferencia y cansancio, le puso el sello en el pasaporte.
A los pocos días de su llegada, su “suerte” continuó. Una compatriota le informó que los dueños de una mansión ubicada en el selecto barrio de Salamanca, necesitaban una asistenta. Sin dudarlo dos veces se dirigió hacia el hogar. A cambio de estar disponible las 24 horas del día, 7 días a la semana, recibiría un salario de 450 euros (casa y comida incluida). No era exactamente lo que ella esperaba, pero los días pasaban y no había encontrado ninguna otra oportunidad, así que, decidió aceptarlo: sus hijas y su familia dependían de ella para poder comer. Fue entonces cuando se convirtió en invisible, exceptuando los lunes a las 22:00, cuando sus 'amos' le dejaban escaparse para buscar un locutorio y poder hablar con sus familiares, y el último día de mes, día de envío de las remesas a Honduras.
Casi tres años después de su llegada, el pasado lunes, Yesenia se dirigía al locutorio. En el camino se le acercó un policía que, al ver su aspecto, le pidió los papeles. Ella intentó despistar y buscar excusas, pero no consiguió su objetivo: se la llevaron directamente a comisaría, donde pasó de invisible a delincuente. Su delito, ser una madre necesitada y preocupada por sacar adelante a su familia. Su condena, ser detenida hasta encontrar espacio en el primer vuelo destino a Honduras, la prohibición de volver a pisar tierra española en los próximos años y como no, pagar su billete de regreso.
Concluyó su relato con cierta ironía: “Al menos los europeos son más humanos que los gringos. Cuando me detuvieron, me dejaron hacer una llamada para pedir que me trajeran mis pocas pertenencias, y así no volver con las manos vacías”.