miércoles, 16 de julio de 2008 17:02
Mikel
Una mirada sobre el río Neretva
La tranquilidad y sosiego que transmite el lugar de la fotografía difícilmente nos pueden hacer pensar en él como un espacio de desencuentro fatal entre seres humanos. Un lugar donde se celebró la muerte y la destrucción hasta extremos que no quisieron conocer otros límites que los marcados por el tiempo y el destino inevitable de la convivencia entre pueblos e identidades, que no es otro que llegar a acuerdos que oxigenen atmósferas irrespirables y permitan a las personas desarrollar sus vidas en condiciones de.......¿¿normalidad?? Sí hasta cierto punto.
Nuestra labor en terreno beneficia a los individuos que presentan mayor grado de vulnerabilidad y está basada principalmente en facilitar el acceso a los derechos fundamentales y al mercado laboral, a través de la prestación de servicios de atención jurídica gratuita y formación profesional respectivamente.
Nuestro trabajo no juzga a nadie y la composición de la plantilla profesional es reflejo de esta política integradora. En una ciudad dividida y segregada hablar de integración y proyectos incluyentes ya supone un avance importante aunque se trate de una contribución modesta.
La foto fue sacada en marzo de 2008, en Mostar, localidad situada en la Herzegovina, trece años después de que la firma de los acuerdos de paz en Dayton marcara el inicio de una nueva etapa para la ciudad, en ausencia eso sí, de guerra abierta ente individuos.
Católicos y musulmanes representan a las comunidades con representación mayoritaria y ambas se encuentran claramente diferenciadas por identidades nacionales distintas, que vinculan a la nación croata a los primeros y a la tan discutida nación de Bosnia y Herzegovina a los segundos. Todavía deberíamos mencionar la tercera pata de esta mesa resquebrajada que es la comunidad ortodoxa, cuyo sentimiento de pertenencia a la nación serbia acaba por dibujar un complicado panorama para un país cuyas gentes, historias y paisajes transmiten una fuerza y belleza singulares.
La foto no destaca por su originalidad ya que el puente de Mostar, destruido durante la guerra y reconstruido después en tiempos de paz, ha tenido una difusión amplia y la misma ciudad muy a su pesar ha estado expuesta a la opinión pública por hechos bien diferentes a los que cualquier pueblo desearía para su propio bien.
Por ello, quisiera aprovechar la oportunidad para invitar al lector a mirar a través de la fotografía, más allá del puente, más allá del casco de guerra apoyado encima del muro y más allá de la cruz católica que pretende gobernar la ciudad por encima de las mezquitas que se pueden observar en la parte inferior.
Todos ellos son elementos con fuerte carga simbólica, pero en mi opinión el aspecto más interesante de la foto nos lo ofrece el río Neretva. De acuerdo a la idea expresada por el filósofo Heráclito, todo fluye y se encuentra en un estado permanente de cambio y por ello, bien podemos concluir que también en Mostar nadie se ha bañado dos veces en el mismo río.
Afortunadamente, ya no son las mismas aguas que soportaron la amarga de tarea de cargar con las consecuencias de la guerra, donde acabaron los restos de un puente cuya caída simbolizó el fracaso del modelo de convivencia planteado en tiempos pasados y donde terminaron muchos vecinos de esta localidad que, de manera ciega, persiguieron su propia destrucción creyendo defender su propia supervivencia.
Por desgracia, no se puede decir lo mismo del entorno que lo rodea, ya que la población local sigue viviendo en la misma ciudad estancada en rivalidades y rencores que se convierten en auténticos lastres para las nuevas generaciones.
En la larga noche de la guerra, el agua como símbolo de energía, vida, cambio y regeneración desempeñó un papel fundamental en la vida de la población local y de cara al futuro la esperanza de que los cambios sociales puedan dibujar un paisaje urbano diferente al actual se mantiene viva.