jueves, 17 de abril de 2008 10:46
Carles Requena
Disertaciones alrededor de un camión del lejano Este
Cerca del barrio de Madjedje, en Nampula (Mozambique), se encuentra frecuentemente aparcado en una plazoleta un camión IFA, sin caja, que por lo visto es aprovechado por alguien para comercializar leña.
Cada día, mientras me acercaba a la sala de ensayo de los payasos de Casa Velha emplazada en aquellos andurriales y contemplaba aquel vehículo originario de la Alemania del Este, reflexionaba sobre el enorme cambio que había vivido aquel país y, de paso, caía en la cuenta de que era el mundo el que había cambiado de forma sorprendente con la caída del muro, con la perestroika, la glasnost, el fin de la historia de Fukuyama (quiero decir de la suya) y todo ese vórtice insaciable de hechos y deshechos. Todo ese huracán de realidades y ficciones catequéticas que hemos visto deshacerse y recomponerse truculentamente en 30 años.
Aquel animal mítico metálico que funcionaba con fluidos aceitosos y malolientes, apenas aguantaría allí unos años más viendo cómo se acercaba su extinción. Sentí pena. La extinción de los IFAs, de unos camiones que en mi imaginario resultaban ideales para transportar pescado seco por los interiores de Mozambique o Angola se me antojaba una cosa injusta. ¡Qué lástima! Hasta podría ser un buen vehículo para transportar a una compañía de payasos en una gira incierta por África.
Hace poco, mientras los artistas de Casa Velha de Maputo lanzaban su producción local orientada a dar respuesta a acciones diversas de sensibilización, recibí un correo electrónico de Daniel en el que me preguntaba por el estado de mi IFA espiritual, usando la metáfora con la que habíamos establecido un código de desenfado para desbloquear las dificultades de comunicación inherentes a las relaciones ultramarítimas.
Daniel se quejaba de mi demora en responder a determinadas dudas y usaba la IFA como sinónimo del proyecto y de la dudosa formalidad del rostro pálido que en sus visitas había actuado con gran protocolo y que ahora fallaba (es decir; yo mismo). "¿Qué pasó con la IFA? ¿Se quebró en un bache? ¿Dónde está el "peixe seco" pactado?" Resolvimos aquellos problemas con unas grandes dosis de buen humor, pero, sobretodo, gracias a las geniales actrices Anna y Ariadna, que entusiasmaron con su formación de clown a Daniel y a todos los artistas de Casa Velha de Maputo, de tal modo que puedo decir que el resultado fue un éxito sin ningún remordimiento ni necesidad de modestia organizativa.
Y lo conseguimos trabajando con proximidad y de tu a tu, salvando la posición por defecto que genera el hecho de que seamos los rostros pálidos los que insuflamos el dinero. Una posición que a mí siempre se me hace incómoda, porque bloquea canales de comunicación más espontáneos y frescos. El dinero lo enreda todo e impide que brote la franqueza. Sin embargo, difícilmente podemos evitar que no sea el instrumento esencial de comunicación entre Norte y Sur. Los ricos nos hemos acostumbrado a "solucionarlo" todo con este fluido y ahora nos vemos atrapados en él. En muchas ocasiones, me he preguntado quien sería yo en un lugar como aquel con los bolsillos vueltos del revés, probablemente una carga, alguien a quien hay que enseñar a sobrevivir.
En cualquier caso, conseguimos equilibrar las posiciones entre Casa Velha y nosotros de una forma muy natural y auténtica (eso creo). Un día le comentaba a Daniel de forma muy confidencial: "Creo que los blancos os hemos fallado y engañado, y en cierto modo seguimos haciéndolo, nuestro mundo es una farsa inaguantable. Fíjate ahora todos nuestros brujos economistas, ninguno sabe cómo explicar porqué todo va mal. Son mejores vuestros hechiceros de la lluvia". Nos quedamos unos segundos en silencio pensativos y al cabo de este intervalo de tiempo Daniel dijo: "No estoy seguro de lo que dices, en realidad creo que somos todos los que nos engañamos". Por un lado, sentí como si me hubieran absuelto, pero por otro de repente sentí que el problema era más grave y generalizado. Ese sentimiento, esa especie de culpa, de venir de un mundo dominante se difuminaba y tal vez eso sucedía porqué nuestra civilización occidental ya ha conseguido incluso que todo comience a ser demasiado parecido, principalmente los valores que mueven a la gente en cualquier parte del mundo. Ya no me quedaba ni la posibilidad de volverme africano para huir de la sombra civilizadora de mi mundo, un mundo que cada vez es más grande y más claustrofóbico al mismo tiempo.