lunes, 14 de julio de 2008 12:26
Sergi López-Egea
De la serpiente multicolor al Tour 2008
Estoy a punto de iniciar el ascenso hacia Hautacam. Brilla el sol en los Pirineos y los corredores cubren los primeros kilómetros de la etapa todavía en pelotón compacto aunque con continuos ataques.
Ha querido la televisión francesa que comenzase la etapa justo cuando terminaba el desfile en los Campos Elíseos de París. Porque hoy es 14 de julio. 14 de juillet, la fiesta nacional francesa, el día de la libertad, la fraternidad y la igualdad, el día de gloria que ya ha llegado para algunos en el Tour. Hautacam, la cumbre del grito de Induráin, de sus dos caras, de la épica de Otxoa, aguarda a la grande boucle por cuarta vez. Se eleva sobre la cabeza de Lourdes, la ciudad de los milagros, donde todavía sigue acudiendo gente y más gente en busca de una curación desesperada.
Hautacam es también una estación de esquí y la cima a la que llegarán los corredores después de transitar por el Tourmalet, a través de La Mongie –otro paraíso para esquiadores--, desde Sainte Marie de Campan, allí donde Eugène Christophe, tal vez el corredor más desafortunado en la historia del Tour, reparó a golpe de martillo la horquilla rota, en un tiempo, antes de la Segunda Guerra Mundial, en el que no existían coches auxiliares para rápidos cambios de ruedas o cuadros estropeados. A pie se tuvo que hacer el descenso y en bici repetir la ascensión. ¡Qué cosas aquellas! Ellos sí que eran verdaderos esforzados de la ruta.
Hoy ya se han perdido parte de los vocablos ciclistas que pioneros, maestros en la letra y en escribir la épica de este deporte, como Antonio Vallugera, utilizaron asiduamente en sus crónicas. Ya no hay etapas dantescas, ni serpiente multicolor, tampoco los antes mencionados esforzados de la ruta, ni los jornaleros de la gloria. Tampoco aparecen los descensos suicidas o a tumba abierta. Los corredores de segunda fila ahora son gregarios, cuando antes fueron domésticos, ni tampoco se escuchan los gritos de los locutores colombianos llamando pedalistas a los ciclistas.
Los tiempos cambian. Pero, fortuna, los Pirineos siguen muy vivos. Y el Tour también.