Queridos internautas muchas veces me gustaría tratar de reflejar y poder contaros al detalle la increíble diferencia que existe entre el más modesto de los participantes en el Tour y cualquier cicloturista de carne y hueso. Cuando empiezo a escribir este testimonio el pelotón del Tour se encuentra a 73 kilómetros de la meta de Plumelec, en lo que podría denominarse como la Bretaña profunda. En apenas dos horas ya se sabrá quién es el vencedor de la primera etapa de la grande boucle 2008 y por lo tanto el primer afortunado en vestirse con el maillot amarillo.

Pero hoy más que contar o analizar la situación deportiva de la primera etapa de la ronda francesa me gustaría que por unos instantes os dieráis cuenta del extraordinario esfuerzo que realiza cualquier ciclista profesional, un desgaste que es incomparable a cualquier otra disciplina. Muchas veces se han tratado de hacer estudios o buscar comparaciones. ¿A cuántos maratones equivale un Tour?

Hoy, precisamente, las condiciones climáticas no invitaban al paseo en bici. Y en este caso lo digo por experiencia, porque esta mañana he tenido oportunidad de montar una hora… y ha sido francamente agotador. Os explicaré. En Bretaña bien podría aplicarse aquella teoría que dice que aquí nunca se pone el sol. Anoche terminé de cenar a las 11 y todavía la luz diurna se reflejaba sobre los acantilados de Roscof, pequeño pueblo marinero que da cobijo a unos cuantos ferrys que comunican Francia con el Reino Unido.
Pues bien, a las 6, el sol ya volvía a penetrar en los cristales de las ventanas de la habitación del hotel. Y a esa hora he decidido levantarme y, ya que tenía ocasión, recorrer una treintena de kilómetros en bici por los mismos parajes por los que más tarde pasaría el pelotón oficial del Tour.

Por eso, por mi experiencia, puedo aseguraros que hoy era un día amargo para practicar ciclismo. El aire cortaba de forma lateral. Era un viento fuerte y frío, que en otras ocasiones se empeñaba en soplar de frente, lo que llevaba a frenar la bicicleta, como si un individuo invisible te agarrase del sillín. Imposible, en solitario, colocar el plato grande en el llano. Y, encima, los bretones lo saben bien, de repente aparece una nube, casi por arte de magia, y descarga en unos poquísimos minutos una verdadera ducha de agua fría. Empapado hasta los huesos.


Pues ahora imaginaros esta situación a lo largo de 200 kilómetros. Y encima debes pensar que a ellos les da igual. Es verdad que circular en pelotón minimiza estos problemas. Pero también es cierto que con 21 etapas por delante, encontrarse con una situación tan poco agradable el primer día debe provocar un sentimiento de enfado y hasta de llegar a maldecir dónde se ha metido uno y empezar a mirar ya los días que faltan para llegar a París. Bendito París.


En fin, hoy seguramente la tarde habría invitado más a una escalada aunque fuera tranquila, junto a ríos refrescantes, en cálidos parajes, lejos de una Bretaña, preciosa en cuanto a paisajes, pero fría, en perenne marzo. Y por cierto plagada de británicos de vacaciones. Curioso, el mismo clima con la única diferencia que ven el oceano del otro lado.