viernes, 04 de julio de 2008 18:52
Sergi López-Egea
Clima frío, Tour caliente
Hace dos días que estoy en el norte de Francia y todavía no sé cual es el significado de la palabra sol. Nubes y un tiempo más propio de marzo que de julio han servido de acogida a ciclistas y seguidores de la ronda francesa que comienza mañana en Brest, en el Finisterre bretón, la tierra de los acantilados, de las impresionantes mareas --a veces donde hay mar aparece arena y hasta las pequeñas barcas de pescadores reposan sobre el suelo y, de repente, todo el paisaje aparece dominado por el agua--.
Bretaña, en los ambientes ciclistas, es reconocida como la tierra de Bernard Hinault, a quien le contemplan cinco victorias en París, entre 1978 y 1985, el último francés que triunfó en los Campos Elíseos y que hoy sigue cautivando aplausos en la caravana del Tour como otros tres ilustres campeones locales, Bernard Thévenet, Raymond Poulidor y Laurent Jalabert.
De Bretaña parte mañana la primera etapa de la grande boucle 2008. Es la hora para que comiencen los sueños de 180 participantes; unos, con el único interés de ganarse el cariño de sus jefes de fila, otros, a la caza y captura de una etapa, de la clasificación de la montaña, de coronar un puerto mítico en primera posición o, simplemente, de reconfortarse con unos planos de televisión como integrantes de una de estas fugas que nunca tienen éxito, que no llegan a ninguna parte, pero que ilusionan a los patrocinadores al gozar de unos minutos gratis de publicidad gracias a los maillots de sus ciclistas.
En Bretaña también llegan noticias de las apuestas que se generan por internet: primero, Cadel Evans, segundo, Alejandro Valverde y tercero, Denis Menchov. Ellos tres configuran el podio mediático. En Bretaña, desgraciadamente, no está Alberto Contador, el último vencedor. El ciclismo comienza a normalizarse, aunque aún no lo está del todo, aunque, de momento y que dure, la baja domina entre las mareas bretonas.
El Tour comienza hoy su baile anual. Primero llegarán los Pirineos y luego los Alpes. Ojalá los viejos vicios, aquellos que recuperó Vinokurov hace un año, queden tan olvidados como parecen ahora en Brest. El tiempo es frío, el Tour está caliente, pero, afortunadamente, es una calentura deportiva. Y así da gusto.