Hay poca luz en la trattoria y un ventilador en el techo de aquellos que siempre amenazan con caer y sembrar el caos y la tragedia. Perico Delgado degusta unos espaguetis con gambas mientras bebe un sorbo de vino Rosso di Montalcino, región toscana.  Es entonces cuando muestra los dedos de la mano. "Estuve varias semanas sin notarme las puntas de los dedos. Ni antes, ni después pasé tanto frío".

Hace 20 años no se suspendían etapas de ciclismo cuando nevaba intensamente. Hace 20 años se subió el Gavia, tal como sucederá mañana en el que será el penúltimo obstáculo de montaña con el que se encontrará Alberto Contador para defender la maglia rosa.

Perico abre la mente para mostrar los recuerdos, la misma noche en que ha llegado a Italia para incorporarse al Giro como comentarista de TVE. La trattoria está en la periferia de Milán, enorme periferia como suele ocurrir en todas las grandes urbes. Hace 20 años, Delgado decidió asaltar seriamente el Tour (lo conquistó un mes y medio más tarde en París) y por ello consideró que la mejor preparación para afrontar con garantías la ronda francesa pasaba por acudir al Giro y renunciar a la Vuelta. Varios sectores de la prensa conservadora de aquel entonces (algunos todavía no han cambiado) censuraron la determinación del segoviano y de su director en el Reynolds, José Miguel Echávarri.

Delgado nunca tuvo oportunidad de pelear con total garantía por el liderato del Giro. En el Gavia (que se subió por la vertiente por la que mañana descenderán los corredores) podía sentenciarse la carrera. Delgado perdió las opciones en la prueba porque le tumbó el frío en la bajada, tiritando, temblando. Pasó por la cumbre en cuarta posición y llegó a la meta en la 10ª, tras detenerse en diferentes ocasiones durante el descenso.

Perico anota sus recuerdos en una hoja. Qué mejor que reproducirla tal cual, con la letra de quién ganó dos Vueltas y un Tour y elevó al ciclismo a lo más alto, mucho antes de que Induráin entusiasmase con sus cinco victorias en París y sus dos triunfos en Milán.

Muy gustósamente le cedo el espacio de mi blog para que recuerde la expediencia de 1988 en el Gavia. Pongamos comillas.

"Nos habían explicado que una parte del ascenso transitaba por una pista forestal sin asfaltar. Anunciaban mal tiempo, pero jamás pensamos que la situación desencadenaría una tormenta de nieve. Cuando pasé por el tramo sin asfaltar llovía intensamente. Aquello era un barrizal donde se hundían las ruedas de la bici. Me decía a mí mismo que tenía que superar el barro, porque luego volvíamos al asfalto y ¿cuál fue mi sorpresa? Acabó el barro y no se veía carretera. Todo estaba cubierto de nieve. Echávarri me seguía en el coche. Le derrapaban las ruedas. El mecánico, Enrique Sanz, se tuvo que tumbar sobre el capó para hacer contrapeso con su cuerpo y de esta manera permitir que las ruedas pudieran girar sin problemas.

Recuerdo que llegué a la cumbre en cuarta posición. El holandés Erik Breukink y el estadounidense Andy Hamsten, luego vencedor del Giro, fueron los mejores, los mejores bajando, y por ello uno logró el triunfo de etapa y otro la titularidad de la maglia rosa.

En el descenso no veía nada. No podía quitarme las gafas porque sino el agua salpicaba en los ojos. Sin embargo, los vidrios estaban entelados. De repente observé una imagen que nunca se me olvidará. Vi a un ciclista, no recuerdo ahora su nombre, que corría de pie y en sentido contrario. Había dejado tumbada la bici. Me dijo que corría hacia arriba para entrar en calor. Me tuve que detener. Llegó Echávarri y con él el mecánico Sanz. Tenía las manos agarrotadas, no me podía poner los guantes. Seguía nevando. Ellos trataban de colocarme la prenda en los dedos. No entraba. Se hizo una eternidad.

"Ni sé como llegué a meta. Lo hice en décima posición. Ni me detuve. El hotel estaba muy cerca. Me lancé hasta la bañera. Nunca me he dado una ducha tan larga. Llegó mi compañero Omar Hernández, que era colombiano. Me gritó que quería entrar en el baño. Él también estaba muerto de frío. Jamás se me olvidará el descenso del Gavia".

Han pasado 20 años y ahora parece que fue una anécdota, pero el paso del Giro por el Gavia en 1988 ha quedado en los anales de la historia ciclista como el más inhumano nunca antes y después vivido por un pelotón profesional.