IndurainEsta es una historia que jamás he explicado ni en este blog, ni en crónicas o reportajes publicados en el diario, ni en cenas hablando de Induráin con su biógrafo Carlos Tigero. Me ha venido a la cabeza mientras echaba un vistazo a las principales etapas del Giro, de una ronda italiana que, con un poco de suerte, puede animar Alberto Contador, tan injustamente rechazado por un Tour que le quería volver a ver como vencedor en París.

La etapa reina se disputa el sábado 31 de mayo, a un día de Milán. Esa jornada se reserva para las ascensiones a dos de las montañas más emblemáticas y complicadas de la geografía ciclística italiana: el Stelvio y el Mortirolo.

Y fue precisamente en una etapa de trazado similar donde Miguel Induráin en 1994 se despidió de cualquier opción de reeditar sus victorias de 1992 y 1993. El campeón navarro se entregó a la superioridad del ruso Berzin y del siempre llorado Marco Pantani.

La historia que jamás he contado sucedió en el hotel donde se alojaba Induráin y quiero que sirva de homenaje a quien entonces era su director deportivo y que tantos años le siguió y le aconsejó desde el coche. Estoy hablando de José Miguel Echávarri.

Induráin realizó una prodigiosa ascensión al Mortirolo. De nuevo, la piel de gallina. El navarro dejó escapar a Berzin y Pantani e impuso su tradicional ritmo de ascensión, hasta capturar al ruso cuando entró en crisis. En plena bajada del Mortirolo enlazó con Pantani que, advertido de la cercana presencia del navarro, redujo su velocidad y le esperó. Se llegaba a Aprica y tan solo quedaba por subir un pequeño puerto de tercera que se llamaba el Valico de Santa Cristina. Jamás se me olvidará este nombre. El Valico era una cima corta, pero escondía la trampa de unas rampas iniciales que se convirtieron en la tumba de un Induráin hambriento. Ya lo veíamos como vencedor de la ronda italiana por tercera vez consecutiva…

El hotel del equipo Banesto se hallaba a un kilómetro de la meta. Echávarri, que no tenía demasiadas ganas de someterse a la tortura de los micrófonos de radio, prefirió detener el vehículo en la puerta de lo que era más bien un modesto albergue.

Yo había localizado el establecimiento. Ya sabía que la suerte de Induráin estaba echada, que no había ninguna posibilidad de recuperación. Era mejor, por lo tanto, dirigirse hacia el hotel para tratar de hablar con Echávarri y hasta existía la posibilidad de cruzar cuatro palabras con Induráin.

Echávarri estaba con la cara tristona, más alargada de lo habitual. Sonrisa forzada. Reía, seguramente, para no llorar. Solo encogía los hombros y movía las manos. “Qué puedo decir. Qué voy a decir. Lo ha intentado y no ha podido ser. Nada que censurarle, nada que cuestionarle”.

Efectivamente, Induráin solo podía recibir felicitaciones, pese a su derrota deportiva.

El hotel era un establecimiento viejo. Una escalera ruidosa y de madera conducía a las habitaciones, que estaban en los pisos superiores. La conversación con Echávarri era de pocas palabras. Había mucho silencio; tiempo para un café y una coca-cola. También participaba mi compañero de El País, Carlos Arribas.

Y en eso llegó Induráin. Solo podía ser él puesto que el resto de los componentes del equipo todavía andaban perdidos por la carretera. El ruido de la escalera de madera lo delató. Se escuchó el crujido que provocaban las calas de sus zapatillas, allí donde se ajusta el pedal.

Echávarri detuvo la conversación y casi corriendo se dirigió hacia la escalera.

 “¡Bien, campeón! ¡Muy bien! ¡Eres el mejor! ¡Vamos, vamos!”

Así le habló a Induráin. Así lo animó. Así quedó para la historia. Estos fueron los gritos que escuchó el ciclista navarro mientras se dirigía a su habitación. Aquel día no ganó la etapa, pero triunfó como el campeón admirado, siempre admirado.