Andrés JiménezHay un termómetro en el campamento. 48 grados. Estoy al resguardo de una jaima, que me protege de un sol de justicia, el que ayer nos acompañó en la etapa maratón de la Titan Desert y que hoy nos ha saludado en los 23 kilómetros de enlace que había entre la llegada y el hogar de la carrera.

Un enlace es un camino de odio, porque tienes que pedalear cuando más calor hace y aquí el esfuerzo no cuenta ni para mejorar tu posición en la clasificación general y ni siquiera para notar tu alma de titán. Quería encontrar aunque fuera un pequeño colmado donde comprar una coca-cola. A los turistas, para los bereberes nosotros somos turistas aunque caminemos encima de una bici, nos cuesta un euro. No hay problema para pagar con la moneda comunitaria. Pero en esos 23 kilómetros letales solo había piedras y arena.

He de confesaros que hoy ha sido mi mejor día en la carrera. Por fin me he divertido. No hay nada más gratificante que agachar la cabeza cerca del manillar, notar que no sufres y comprobar que la bici avanza a todo ritmo. Estoy esperando con ansia las clasificaciones, que todavía se encuentran en la meta, porque muchos compañeros siguen completando la etapa. Sé que he acabado entre los 70 primeros, lo que para mí es tan gratificante como el triunfo que hoy se ha anotado Laurent Jalabert por delante de Claudio Chiappucci.

La bicicleta es un vehículo cruel al que llegas a odiar cuando te atormenta sin clemencia. Pero, en cambio, la aprecias y le coges cariño cuando te conduce venciendo obstáculos y superando muros. Y dunas.

Anoche cené con varios titanes, entre ellos Javier Banderas, simpático malagueño, a quien todo el mundo le insiste para que el próximo año acuda a la prueba con su hermano Antonio y su cuñada Melanie. En la mesa también se encontraba Roberto Heras, uno de los pocos afortunados a quien los enviados especiales del Canal 4 invitaron a la sala de prensa. Vía satélite y a través de una web francesa habían conseguido sintonizar el Manchester-Barça de la Champions. Heras es el líder de la Titan y el que tuvo el reconfortable detalle de avisarme de que había encontrado un maravilloso lugar para dormir.

Os cuento los detalles. Anoche, tras la etapa maratón de 131 kilómetros, dormíamos en jaimas que solo te protegían del sol. Los laterales permanecían abiertos y todo se llenó de arena cuando estalló la tormenta. El viento levantaba un polvo inhumano y nosotros dormíamos en el suelo sobre una alfombra con el saco de dormir. Heras descubrió unas tiendas, casi herméticas. Allí nos fuimos a acostar Andrés Jiménez y Miquel Àngel Iglesias, mis compañeros de equipo. Jimix estaba un poco indispuesto. El sol lo había machacado. Quizás por su altura. Él está más cerca de las nubes. Ni cenó, ni ha desayunado esta mañana. En estas condiciones ha afrontado la etapa y también el enlace fuera de competición.

Pues pese al aire y la arena, gracias al aviso de Heras, ha sido la noche en la que mejor he dormido. Ni me ha importado no disponer de colchón. A lo mejor por esta razón, esta mañana, he notado que mis piernas eran las de Induráin, salvando millones de diferencias. Casi no me ha importado tener que volver a caminar sobre los oueds, donde arrastras la bici con pesar. Ni he notado la arena que se colaba por las zapatillas y atormentaba mis pies.

Mañana se termina la aventura. A las 7 de la mañana, como desayuno, tenemos que escalar una duna. Luego ya podremos galopar 90 kilómetros sobre nuestras estimadas bicis. Será una larga ruta de casi seis horas con el sol saludando desde el infinito y el calor atormentando nuestros machacados cuerpos. Si alguien quiere adelgazar, que se apunte a la Titán.