Desde Tazzarine 

Jalabert, Mauri, HerasSergi Bofarull es mi mecánico. En el equipo que formamos con Andrés Jiménez Jimix y Miquel Àngel Iglesias lo llamamos doctor Bofarull. Hace un momento me ha llamado cuando me dirigía a la improvisada sala de prensa que la organización ha dispuesto en un cámping de la pequeña localidad de Tazzarine. El Atlas ya ha quedado atrás. Ya estamos en tierras saharianas. Debo haceros un descubrimiento. No creáis en leyendas; aquellas que hablan y aseguran que el desierto del Sáhara es un paraje de arena y dunas. Hoy, lo que se dice arena hemos encontrado algunos tramos, pero sobre todo lo que hemos visto y padecido han sido piedras, piedras y más piedras.

Resultaba admirable comparar el estado de mi neumático trasero. Lo último de Michelin, la mejor ingeniería. Pues bien, destrozado. Pero en esta situación se encontraban  buena parte de los participantes. Y no digamos aquellos que disputan las primeras plazas de una general que encabeza Roberto Heras.

Es imposible que haya un rincón del mundo que no sea el sur de Marruecos donde la naturaleza haya reunido semejantes toneladas de piedras puñeteras que van recortando como agujas los tacos de los neumáticos.

Estoy escribiendo esta crónica cuando en Marruecos son las 5 y media de la tarde, dos horas menos que en Barcelona. Hemos partido a las 7 de la mañana con la intención de superar 87 kilómetros. Pues bien, todavía quedan cuatro participantes por llegar, cuatro cicloturistas martirizados por un sol de justicia que han tenido que soportar 10 horas y media sobre las bicicletas.

Los compadezco. He sido un afortunado. Hace 5 horas que he llegado; duchado, comido, y mientras escribo esta crónica, el simulador de masaje relaja mis piernas porque mañana nos esperan 131 kilómetros, la etapa maratón, aquella que nos obligará a dormir en una jaima comunitaria, sin posibilidad de asistencia técnica y con la obligación de llevar encima todos aquellos enseres que creamos imprescindibles para que la velada sea lo más agradable posible. Ahora es mejor no pensar en el mañana y vivir el día a día tal como hacen los ciclistas en el Tour. Nunca les ha gustado a los corredores profesionales que les recuerdes los obstáculos que todavía les quedan por superar.

También os he de confesar que pese al sufrimiento y el calor, me he sentido plenamente feliz sobre la bicicleta. Cuando me aburría me echaba un esprint -inconsciente de mí-, aunque siempre he tratado de ir situado en un pequeño pelotón donde el rodar se hace más fácil y, sobre todo, puedes hablar. El domingo fui solo, completamente solo, y con la soledad la etapa se hace mucho más dura e interminable.

He tenido la previsión de beber, de llevar siempre llena la mochila de hidratación donde el agua se mantiene fresca. Como no soporto los electrolitos que se mezclan con el agua, sabor limón, que aportan energía, utilizo el botellín instalado en el cuadro de la bici, donde el agua se calienta enseguida, para refrescarme continuamente la cabeza. Una insolación podría ser letal. La organización sitúa avituallamientos cada 25 kilómetros.

Mi único error ha sido no comer suficientes barritas energéticas. A cinco kilómetros de meta, creía que moría, con un hambre atroz y 40 grados. ¿Qué hacer entonces? Sobre todo no perder la concentración, fijar un ritmo constante, sin tirones y decirte a tí mismo: "Venga que falta poco y no lo eches ahora todo por la borda". Y en estas hemos atravesado el poblado de Tazzarine, cuyas calles son de tierra, pero sin piedras, aleluya, y sobre todo con casas de adobe que bendecían una sombra relajante. Miraba el cuentakilómetros. "Solo quedan 2 kilómetros". Ya no notaba el hambre. A lo lejos ya se veía el arco de la meta. El último esprint. Cuando lo atraviesas te sientes reconfortado.