Nicolas Sarkozy, el presidente de Francia, sorprendió a los telespectadores de su país cuando el martes, mientras seguía en directo la ascensión al Galibier, aseguró que los dos ciclistas que más había admirado eran Luis Ocaña y Miguel Induráin. Del navarro, realmente, pocas cosas se pueden añadir, puesto que muchos son los que le han visto ascender y contrarrelojear con éxito en sus cinco Tours victoriosos.

Quizá la imagen de Ocaña aparezca más difusa, sobre todo porque los más jóvenes nunca contemplaron las gestas del corredor nacido en Priego (Cuenca) en 1945 pero criado en Francia, lejos del hambre de la posguerra española.

Ocaña fue parte de la adolescencia de aquellos, que como yo, nos enamoramos de este deporte y del Tour viéndole en blanco y negro en sus sensacionales duelos con Eddy Merckx. Eran los inicios de la década de los 70. Eran los tiempos en los que El Caníbal belga aniquilaba a sus rivales en cualquier país, en todas las carreras, subiendo, bajando, en el llano. Nunca, ni antes ni después, se vio cosa igual.

En todo el coro ciclista de la época solo hubo un protagonista que tuteó y no tembló ante Merckx. Fue Ocaña, un corredor gruñón, indomable, testarudo y capaz de hacer las cosas sin pensar en las consecuencias. En 1994, le detectaron un cáncer. Solo tenía dos soluciones. Una era luchar contra la enfermedad. La segunda, su opción, fue pegarse un tiro en la sien tras conocer el diagnóstico del médico.

Así fue Ocaña, hasta la muerte. Cuando trabajaba como comentarista para la desaparecida emisora de radio Antena 3 podía ejecutar las mayores locuras. Si se añoraba de sus viñedos en Mont de Marsan cogía el coche por la tarde -daba igual la distancia y si la etapa había acabado en un paraje del Tour o la Vuelta--, llegaba de madrugada a su casa, comprobaba que estaba todo en orden y regresaba con el tiempo justo para no perderse la salida del día siguiente.

Ocaña fue el único que puso a Merckx contra las cuerdas en el Tour de 1971, una ronda francesa que habría ganado de no haber sido arrollado por Zoetemelk en el descenso del Col de Menté, en la 14ª etapa, cuando vestía de amarillo y tenía la victoria a su alcance. Una placa recuerda el lugar donde ocurrió el accidente. Merckx al día siguiente se negó a llevar el maillot amarillo. Luego, en París, se anotó su tercer Tour consecutivo.

Merckx decidió en 1973 intentar la victoria en la Vuelta, la única prueba grande que no había disputado. Renunció al Tour. Ganó la ronda española, por delante de Ocaña, y luego se anotó el triunfo en el Giro. Ocaña, en cambio, sin Merckx, vio que el camino hacia París estaba libre de obstáculos. El conquense entró victorioso en la capital francesa con la recompensa de seis etapas.

Luego comenzó su declive como ciclista, hasta que se retiró en 1977. Probó como director. Demasiado carácter. Jamás encontró, porque no lo había, un ciclista a sus órdenes que se le asemejara mínimamente.

Ocaña ganó entre 1968 y 1977 algunas de las más importantes pruebas como el Dauphiné Libéré, el Midi Libre, la Volta, la Vuelta al País Vasco y, por supuesto, la Vuelta, al margen del Tour de 1973. Por todo ello impresionó al joven Sarkozy. Y a muchos más.