viernes, 02 de noviembre de 2007 21:28
Manel
Te Pito te Henua
Los últimos días en el continente los pasamos en Te Pito te Henua, también conocida como Rapa Nui o Isla de Pascua. Su nombre significa ‘el ombligo del mundo’, el segundo ombligo que visitamos. Fue una despedida de América del sur que recordaremos siempre, aunque exactamente la isla no forma parte del continente americano, ya que esta en medio del Pacifico, a miles de kilómetros de cualquier otra parte, aunque pertenece a Chile.
La inmensidad del océano rodeando el pequeño pedazo de tierra me hizo pensar en lo difícil que debió ser para sus primeros habitantes llegar hasta ella, qué atrevidos fueron quienes se embarcaron --desde no se sabe dónde, seguramente de alguna otra isla de la Polinesia-- para viajar a lo desconocido, quizás aprovechando alguna corriente o victimas de una expulsión. Quién sabe… existen teorías para todos los gustos.
En Te Pito te Henua disfrutamos de muy buen tiempo --que no parecía asegurado-- y de la hospitalidad de su gente, de sus extraordinarias moais y de otras piedras. Hasta que no los ves no es posible apreciar la magnitud ni de las piezas ni del esfuerzo realizado, tanto en su talla como en su distribución por toda la isla.
Evidentemente, tomamos demasiadas fotos, mientras contemplábamos a casi todos y cada uno de ellos. Nos medio bañamos en el Pacifico --aún frío en aquella parte del mundo-- y caminamos mucho, gozando de paisajes solitarios únicos y puestas de sol extraordinarias. La fuerza de la naturaleza dominó la visita y me hizo sentir agradablemente pequeño y vulnerable.
Como todo paraíso tiene un precio, el de esta isla es alto, tanto para los turistas, que deben pagar precios realmente exagerados para los productos y servicios, como para los isleños, atrapados en esta maravillosa y exigente isla que domina cada momento de sus vidas. Para mi mereció la pena, y tanto que sí.
El martes, regresamos a Santiago. Llegamos de noche y pasamos un perezoso miércoles empaquetando y esperando la hora de partir. Visitamos una interesante muestra de arte coreano en el Museo de Arte Contemporáneo. Que pena que dejásemos Corea fuera de nuestra ruta.
El largo vuelo a Australia fue muy largo…unas 17 horas, con parada incluida en Auckland a las 2 de la mañana . ¿O eran las doce del mediodía? Llegamos a Sydney cansados, pero con ganas de ver el nuevo continente. Parece mentira que de verdad estemos en Australia, quizás todo esto es un sueño y en cualquier momento sonara el despertador y volveremos a nuestra cotidiana realidad. Mientras tanto, aquí llueve constantemente, pero nos dicen que hasta la semana pasada han tenido la sequía más larga de los últimos 100 años. Que casualidad.