martes, 02 de septiembre de 2008 12:27
Rosa Massagué
La UE ante Rusia: fragil unidad y magro resultado
"Unidad". En ella insistió Nicolas Sarkozy, como presidente semestral de la Unión Europea (UE), al presentar las conclusiones de la reunión de Jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete reunidos el lunes con carácter extraordinario para examinar la crisis de Georgia y las relaciones con Rusia. La imagen de un Consejo Europeo, también extraordinario, en el 2003, en el que el entonces presidente francés Jacques Chirac ejemplificó la división de Europa al amonestar a los nuevos miembros procedentes del Este por apoyar a EEUU en la guerra de Irak diciéndoles que habían perdido "una oportunidad de callarse", pesó sin duda en la búsqueda de la difícil unidad. La imagen de una Europa dividida habría sido un regalo para Moscú que se quería evitar a toda costa.
Sin embargo, y pese a la insistencia, cabe preguntarse si la unidad existe. El magro resultado acordado en la cumbre permite pensar que escasea. La condena verbal a la intervención rusa en Georgia, calificada de "desproporcionada", así como al reconocimiento por parte de Moscú de la independencia de Osetia del Sur y Abjasia; la insistencia en el cumplimiento del acuerdo de paz acordado por Sarkozy en Moscú y Tiflis al inicio de la crisis; el envío de una misión de observadores para vigilar el cumplimiento de aquellos acuerdos o la promesa de ayuda al país caucásico para la reconstrucción constituyen un paquete de mínimos en el que es difícil no estar de acuerdo. Al fin y al cabo, se trata del respeto a las fronteras internacionalmente reconocidas en el que todos los miembros de la UE están de acuerdo.
Las sanciones -de efectividad dudosa- quedaron de entrada fuera de discusión. Hacerlo habría puesto en evidencia las diferencias que con tanto empeño se han ocultado. Sin embargo, estas existen y la aparición fuera del guión original de la cumbre del aplazamiento de la negociación para el Acuerdo de Cooperación y Asociación con Moscú, impulsado por Londres y Varsovia, lo demuestran. No obstante, la represalia acordada ahora es más simbólica que real. La UE y Rusia, interdependientes en cuestiones energéticas, ya tienen un acuerdo de asociación firmado en 1997. El que ahora queda aparcado aspira a profundizar las relaciones comerciales, pero estas ya tienen vida propia cuando Rusia es el tercer socio comercial de la UE.
Las diferencias pasan por la misma divisoria del 2003. Francia, Alemania, y España de una parte, partidarias del diálogo y de no aislar a Moscú, con una Italia en la que Berlusconi, en base a su amistad con Putin, se alza como un abogado privilegiado de ese diálogo. De otra, los países escandinavos, los bálticos y los demás miembros de Europa central y oriental con el Reino Unido en cabeza, un Reino Unido que tiene en su ministro de Asuntos Exteriores, David Miliband, a un aspirante a ocupar el lugar hiperactivo y combativo de Tony Blair en defensa de la llamada Nueva Europa.
El magro resultado de la cumbre hace más necesaria todavía la elaboración de una nueva estrategia de la UE hacia Rusia, pero decisiones como la independencia de Kosovo no ayudan. Tampoco ayuda que en las conclusiones de la cumbre extraordinaria no se dijera ni una palabra del inicio de las hostilidades por parte de Georgia. Solo el presidente del Parlamento Europeo, Hans-Gert Pöttering, en su exposición de los hechos en la apertura de la reunión se refirió al "grave error" cometido por el presidente georgiano Mijail Saakashvili.