Se titula Mares sin Ley y llega a mí porque Ernest Alòs, un compañero de El Periódico de Catalunya, me lo recomienda y corro a la librería a comprarlo. Estoy en tierra, en Barcelona. Mi biblioteca sobre el Mediterráneo es cada vez más amplia, pero en casi todos los libros aparecen tiburones.

 

En uno de los capítulos William Langewiesche explica perfectamente lo que yo he ido encontrando desde que me muevo entre tripulaciones por el Mediterráneo y no sé si hasta ahora he explicado con claridad. Habla de leyes y  lo hace de una manera concreta y explícita. Arte del periodismo anglosajón. Langewiesche me ayuda a responder la pregunta que me hace todo el mundo desde que he empezado este periplo: ¿por qué estos hombres no abandonan el barco? Leer más

Hay que partir del sur y regresar a Barcelona y no quiero. De nuevo, dejo el problema en el mismo lugar en el que lo encontré y yo me pongo en movimiento. La sensación de malestar es en Gibraltar la misma que en Ceuta, que en Estambul, pero no puedo hacer otra cosa más que irme. Pienso en lo que me dijo el marinero del Logan y espero que alguien lea este blog y algo cambie.

Busco en la red cómo salir del sur. Atravesar la Península ibérica de sur a norte es una quimera imposible. Horas y horas de bus, un recorrido demencial en tren o un avión que debe cogerse desde Málaga y que no sale nada barato. Tomo el bus hacia Málaga. En la estación de Algeciras, la clientela es de perfil evidente: los que van hacia Tarifa llevan tablas de surf y están bronceados; los que van a Málaga cargan maletas, niños, cochecitos; los que esperan para cruzar hacia el Campo de Gibraltar fuman ducados, leen periódicos en inglés o llevan chancletas de turista. Leer más

 

El golpe de remo me deja fuera del mundo durante toda la mañana. Sentada en la cama de un hotel barato en La Línea de la Concepción, mi dolor de cabeza me aísla de la ciudad frontera, de los tatuajes descoloridos de los gibraltareños, de los turistas y de los barcos. El sopor y esta manta marrónpulga de la que no me fío e intento mantener lejos de mi piel funcionan como una gran burbuja. Pienso que este lugar es en sí mismo una burbuja a parte, una manta marrón que acumula culturas y religiones, también contrabandistas y piratas y bastantes heroinómanos que viven entre Algeciras y La Línea. Gente que un día tomó otra brújula ni la de mar ni de la de tierra. Por la ventana se cuelan unos tambores; no se me ocurre qué fiesta puede ser. ¿Inglesa?, ¿española ¿árabe? ¿judía? ¿hindú? ¿maltesa? ¿china? ¿gibraltareña? En Gibraltar vive todo el que llegó y eso no puede impedirlo un mandato real que prohibía la entrada a judíos y árabes. Leer más

El Logan es rojo, flamante barco y el más pequeño de los cuatro cargueros que esperan a este lado de la dársena. El capitán, Sergey Drenets, vive casi recluido en un despacho, minúsculo --tamaño japonés- en el que él parece encogido. Para un capitán ruso, alto y apuesto esto es una celda. El barco se construyó en Japón, tiene bandera de Liberia, en él vive tripulación rusa y pertenecía a una compañía de Estados Unidos y a un banco londinense.

Drenets se levanta, alarga la mano a modo de saludo y su cabeza casi roza el techo así que se inclina un poco para que no se note que su cuerpo y el barco no encajan. En la reunión de capitanes Sergey Drenets parecía el más afectado de todos ellos; quizá porque la vida siempre lo había tratado bien y porque le falta la experiencia de guerras y bloqueos de los otros capitanes. Leer más

 

Es noche cerrada cuando abandonamos la dársena y dejamos atrás los cuatro barcos abarloados. Los cables tensos aguantando el paso de los días y chirriando. El capitán del Jackson ofrece, de nuevo, la barca naranja de salvamento para llegar al Antisana. Los cuatro capitanes se mantienen firmes en su trabajo y en su rango pese a la cantidad de alcohol que hay en su cuerpo. Lo jueza, impecable. Yo, mareada por primera vez en este periplo mediterráneo. Llevaba meses orgullosa y vanagloriándome de no haber tenido mal de mares --"Ni un mareo, ni nada", decía-- y ahora, en este cemento, siento que la cabeza va y viene como si todas las olas picadas del Mediterráneo se hubieran puesto de acuerdo y hubiera un temporal de mil demonios.

Me concentro en las luces de Gibraltar que se reflejan en el mar. Mala visión: los reflejos también se alargan, se acortan y se confunden. Al otro lado de la dársena, hay barcos con vida, con un rumbo. Giro la cabeza y los miro a ellos: el run-rún de un motor indica que uno de ellos está a punto de iniciar su partida. 

Gibraltar suele amanecer con una nube inmóvil sobre el peñón --quizá como vínculo británico más allá de mares y tierras-- y la ciudad se ve gris, nublada con esa tristeza inglesa que invade la campiña. En la noche, en cambio, Gibraltar es lo que es: comunión de llanitos, hindúes, gaditanos, marroquís. Puerto del Mediterráneo. Columna de Hércules y morada de piratas. Para más inri, allá en el peñón están los monos. Qué lugar tan extraño. Leer más

Enfrente del Antisana Jorf se ven otros cuatro barcos arrestados. Los marineros del Antisana salen a cubierta y los observan. No se conocen porque hay un buen pedazo de mar que los separa. Son el Jackson, el Arafura Wind, el Sibuyan y el Logan. Los cuatro también pertenecían a la compañía Eastwind.

Nos recoge una barca de salvamento a este lado de la ciudad. El otro muelle está suspendido en el agua. Es una barca del Jackson. Es domingo y en el muelle cuatro capitanes esperan a la jueza. Ella ha organizado una comida y los cuatro han escogido el Arafura Wind. Es el barco más grande, el que tiene una cabina de capitán más confortable. En la noche pasarán por el Antisana, donde les espera un karaoke y unos y otros se conocerán. De hecho, acudirán a la cita en el Antisana los cuatro capitanes. La jerarquía en el mar es sagrada. Leer más

El relato de la tripulación del Antisana Jorf pone los pelos de punto. Son marineros filipinos e indonesios abandonados en Gibraltar. El barco, como todos los cinco que están en Gibraltar, pertenecía a la compañía estadounidense Eastwind. En junio, la compañía hizo bancarrota y abandonó a centenares de tripulaciones en los puertos del mundo. El Antisana Jorf y los otros cuatro buques que hay en Gibraltar pertenecían a Eastwind. Ahora están en el limbo.

Cuando llegamos, en el Antisana Jorf hay 21 tripulantes. Dice el capitán filipino, Bebot Bautista, que en este viaje o hubo un Jonás o pasó algo. Y mira que, pese a tener 35 años, ya ha surcado bastantes mares. Le viene de familia.

Antes de llegar a Gibraltar, el Antisana Jorf atravesó las costas de Yemen, donde el barco se averió. Escoltados por militares y viajando a tres nudos, los hombres se refugiaron en la sala de máquinas y rezaron (aquí todos son muy creyentes) para que los piratas no aparecieran. Durante tres días no durmieron y ni siquiera comieron. No hubo piratas a la vista. Luego, llegaron a Gibraltar y las autoridades detuvieron el barco. Leer más

 

Predrag Matvejevic explica que  los cartógrafos árabes situaron el sur del Mediterráneo en la parte superior y el norte, en la inferior. El cartógrafo más famoso del mundo árabe fue Al Idrisi, conocido como El Siciliano o El Cordobés. En realidad, el erudito había nacido en Ceuta, pero sus andanzas por el Mediterráneo lo llevaron a Sicilia, la isla italiana en la que nació su obra, y Córdoba, donde aprendió el oficio de cartógrafo.

Fue en Ceuta --o Sebta-- donde su madre lo llevó al mundo en el siglo XII. A Al Idrisi lo conocían con nombres diferentes, cada cual con una identidad geográfica del Mediterráneo. Dependiendo de quién lo nombrara era uno u otro. Igual que Sebta o Ceuta; igual que norte o sur. Al Idrisi escribió que aprendió el arte de la cartografía para "la diversión de quien desee viajar por el mundo".

En este momento mi mundo es el Mediterráneo, una mar que parece eterno y del que ahora estoy en uno de sus extremos: en el arco latino, que los geólogos sitúan entre Gibraltar y Sicilia. Por aquí entra, sale o se cuela el agua del Mediterráneo. Observo la espuma en la cresta de las olas y me pregunto cuánta agua vieja y cuánta agua joven habrá bajo los cuerpos de los que estamos en este barco. El Estrecho es historia, una zona de tragedias, de pateras, de muertos por un sueño. Muchos están en este mar.

Estamos a punto de atracar en Algeciras. Lo primero que vemos son las grúas, que, como monstruos marinos, siempre nos esperan cuando llegamos o cuando partimos de la orilla. Los cartógrafos árabes no dibujaban monstruos marinos en los mapas porque el Corán no los menciona. A mí, las grúas de los puertos me dan la misma sensación que las gárgolas en las catedrales. Son también los monstruos marinos que desde pequeña imagino hay en las profundidades del Mediterráneo.

En Barcelona, hay más de 250 gárgolas que nos miran desde el aire. Cada una es diferente e intimidante a su manera. Su presencia cambia si llueve, si es un día soleado, si estoy triste o alegre o si es otoño o primavera. Leer más

Están todos en cubierta y nos dicen adiós con la mano. Sé que no me ven porque el cristal del ferry es demasiado oscuro. Estoy en el barco que me llevará a Algeciras mientras ellos mueven sus manos lentamente y siguen con la mirada la estela de la nave en la que estamos, que pasa a escasos metros del Rohne.

Me pregunto cómo saben que estamos en este barco. El trajín de ferries en el Estrecho es un ir y venir que nunca acaba; que da, a los que pueden, posibilidades de conexión entre África y Europa. A media  hora, dos mundos.

Nosotros podríamos haber zarpado  en el barco de hace media hora, esperar el siguiente. Estamos en este y ellos, de alguna manera inexplicable, lo intuyen. Hüsseyn sonríe; Yakup está serio. Los veo cada vez más pequeños hasta que hay demasiado mar entre lo dos barcos.

Hace una hora les he dicho un adiós con palabras en esa cubierta. Despedirse de una tripulación es desagradable, enojoso, triste. No sabes bien ni qué decir ni qué hacer porque es evidente que ellos se quedarán en el mismo lugar en el que los encontraste mientras que para ti, o sea para mí, la vida sigue. Ellos no tienen otra opción; yo, tampoco.

Hoy antes de llegar al Rohne me di cuenta de que en la entrada del puerto había una imagen de la Virgen de la Amargura. En todos los días que estuvimos en el muelle nunca me había fijado en la presencia de esa virgen.

En el ferry, siento una sensación amarga en el estómago y me acuerdo de la imagen. Frente a mí, unos niños arman alboroto. Unos hombres piropean a la encargada de la tienda de perfumes. De nuevo, hay mucha gente con mantas. ¿Por qué siempre cargan mantas en los barcos? En menos de una hora estaremos en Algeciras.

En la foto, el Rhone.

Estamos sentados en la mesa con el mantel de flores en la cubierta del Rohne. Siete miembros de la tripulación discuten sobre si el verbo que debe utilizar Hüsseyn para describir la relación que tienen todos con el mar es love (amar, querer) o like (gustar). Unos y otros apuestan por love. Hüsseyn prepara la entrevista que pretendemos grabar en la sala comedor, en el mismo lugar en el que se reunieron con el inspector de ITF, José Manuel Ortega.

Él hablará en voz de todos. Es el jefe de ingenieros y el más alto rango de este bando de la tripulación. El capitán y el jefe de máquinas están arriba, en el despacho: no quieren saber nada de todo esto porque tienen la esperanza de que el propietario responda de alguna manera. Hüsseyn no lo tiene fácil. A medida que pasan los días los nervios afloran y él debe tranquilizarlos, dar la cara, ser el líder. En realidad, es un marinero.

Nervioso, Hüsseyn escoge las palabras. Lo que diga tiene que ser el resumen de todo lo que me han contado en estos días, desde el momento en que trepé por la escalera de metal tambaleante y firmé el libro de visitas del barco hasta hoy mismo cuando casi estoy a punto de irme. Está nervioso porque le pedimos que la entrevista sea en inglés. Escribe su discurso en una libreta y cuando llega a la pregunta: ¿Por qué eres marinero?, lo traduce en turco. Entonces se ponen a discutir durante un buen rato sobre si el verbo adecuado es love o like.

Lo tienen claro: aman el mar y no conciben otra vida que esta. Ahora su trabajo, dicen, ya no es como antes, pero ellos llevan demasiado tiempo enrolados en naves como para poder cambiar de existencia. En realidad, yo sospecho que ninguno de ellos podría vivir en tierra y con las rutinas de la tierra.

"¿Por qué eres marinero?" es una pregunta recurrente en este trabajo, quizá porque yo vivo en la orilla --como diferencian ellos-- y me cuesta entender esta vida de soledad, de momentos masculinos compartidos y otros, totalmente solitarios, diría que casi de abstracción. Mientras los veo en ese ensimismamiento --cuando fuman con la mirada perdida, miran por la borda a lo lejos, beben té en silencio o comen solos-- me parece obsceno interrumpirlos. Sé que nunca voy a entender lo que piensan y ni siquiera me darán la posibilidad de entrar; están demasiado lejos de mi universo.

Este es un mundo de hombres; diría que dibujado a la medida de ellos. Me recuerdan un pasaje de La reina del sur cuando ella, Teresa, piensa que su hombre le pone los cuernos y lo sigue sin que él se dé cuenta. Temblorosa lo encuentra en una cantina, solo, frente a una cerveza, ensimismado en sí mismo, en su mundo. Ella sabe que nunca podrá entrar en esa parte de la vida de su hombre. Yo sé que nunca podre entrar en esta parte de la realidad de las tripulaciones.

Regreso a Hüsseyn. Ahora toda la tripulación lo ayuda a redactar esta especie de redacción. Mahmut nos sirve té. Uno de los tripulantes me pregunta si sé leer el café turco. Me pongo a reír y antes de que le conteste que no va en busca de café. Regresa: "Se ha acabado", dice. Leer más

 450 euros para que la consignataria de Ceuta lo traslade hasta Algeciras en barco; una noche de hotel; taxi hasta Málaga, donde debe tomar un avión hacia Madrid, y, desde ahí, un vuelo a Estambul. El dinero se lo hará llegar su hermano, en Turquía. Este también comprará el billete de avión: Málaga-Madrid-Estambul.

Si el lunes Ilyas no llega a Izmir, perderá el curso en la universidad y tendrá que repetir un año. El reglamento universitario no contempla casos de abandono. Ilyas estudia en la Facultad de Náutica; en un año estará licenciado, y él espera hacer carrera en el mar y llegar a ser capitán. Ni siquiera lo que ha vivido en el Rohne le ha hecho cambiar de idea: será "un buen master (capitán)".

Son las 12 del mediodía en Ceuta. La niebla se ha levantado y en la ciudad se ven soldados y, como dicen aquí, musulmanes y cristianos. Ilyas tiene 36 horas para conseguir el dinero, el visado y el billete. Sin billete, no hay visado y sin dinero, no hay ni visado ni billete. Debe coordinar  todos los pasos de su hermano, sobre todo hacerle entender que no debe confiar más en el mánager y que él mismo, desde Turquía, le debe comprar el billete por internet y enviarle el dinero para pagar a la consignataria. ¿Cómo hacer todo esto? No lo sabe. Se llaman a cada hora, pero el chico en Turquía no entiende que el mánager ya no existe. Ilyas ya no sabe cómo explicárselo. De momento, le suplica que vaya a Western Union y deposite el dinero. Esto lo entiende.

Este es un post de carreras, de nervios, de trampas, de triquiñuelas y de miseria hecha negocio en el mar. Ilyas llegó al Rohne para hacer un entrenamiento, lo gestionó él mismo a través de una página de internet y se embarcó en Tekirdag. Luego, vino el abandondo.

Ilyas cuenta poco, pero dice que lo ha escrito todo, todo; que su tesis de licenciatura será sobre situación de los barcos abandonados y que cuando llegue a la universidad --si es que lo consigue--, nadie, absolutamente nadie, se quedará sin saber qué pasa en Ceuta y en los puertos del mundo. "Ellos solo piden lo que les toca por derecho: su salario", dice.

Pero ahora no puede pensar ni en derechos ni en salarios. Armado con una bolsa negra, el pasaporte y unas zapatillas de deporte, le toca correr en esta tierra extraña, donde nadie habla ni turco ni inglés. Que es África, pero es España. Que es cristiana y musulmana. Que es tierra de kife, pese a la persecución de la policía.

15.00 horas: El hermano de Ilyas ya le ha consignado los 450 euros en una oficina de Western Union en Izmir. A esa hora, vamos a la sucursal en Ceuta. Entramos como dos almas demasiado atareadas para guardar las formas. El hombre de la oficina primero se extraña; luego es amable. No puede creer la historia que vive Ilyas --"¿Aquí en Ceuta pasa esto?", pregunta pese a que la oficina está en el mismo puerto-- y nos deja utilizar su ordenador para consultar internet.

En Ceuta, los cafés internet no son muchos y aunque parezca raro cerca del puerto no hay ninguno. Queremos ver cuánto cuesta un billete a Estambul: unos 800 euros. A los tres nos parece caro y el mismo oficinista se pone a buscar un billete para encontrar alguna oferta. No aparece en toda la red. Son 800 euros o quedarse en tierra y perder el curso.

16.30 horas: Nos dirigimos a la oficina de la consignataria. Llevamos el dinero para la gestión, pero el empleado insiste en que necesitamos el billete de avión para poder tramitar el visado. El muchacho llama a su hermamo y, a medida que avanza la conversación, nos damos cuenta de que hay un problema. "Mi hermano le ha dado el dinero al mánager --dice Ilyas--. En la oficina del mánager lo compran y nos lo envían por internet". No sabemos cuánto dinero le ha dado o más bien cuánto le han pedido. De hecho, esto nunca lo sabremos. Leer más

"No tenemos constancia de que el barco esté abandonado, pero nosotros no lo dejaremos salir del Ceuta con la carga. Lleva lignosulfato de sodio, una carga contaminante de la categoría z que tenían que trasladar hasta Tekirdag (Turquía). El barco no está en condiciones de hacer ese viaje tal y como está ahora. Lo prioritario es resolverlo". Jesús Fernández Lera, el capitán marítimo de Ceuta, está sentado en su oficina y observa el Rohne desde su ventana.  

A su espalda, en otro muelle cerca del Rohne, está el Globe, un ballenero que llegó hace ocho años y que ahí sigue en el puerto. Este vacío de tripulación, pero con inmigrantes que, de vez en cuando, se cuelan para pasar la noche.

Fernández Lera es consciente de que abajo hay 15 hombres que viven un calvario, pero poco puede hacer por ellos. El juego está entre el propietario, el operador --que parece haber desaparecido--, el fletador (dueño de la carga) y el Gobierno turco.

El barco apareció como un fantasma a mediados de septiembre en la bahía de Ceuta. Desde entonces un problema se ha sumado otro: tripulación con impagos de salario por un valor de unos 140.000 dólares; un vía de agua que se solucionó tras la intervención de unos buzos; posterior paralización técnica del barco por problemas estructurales y traslado, el 28 de septiembre, al muelle de España. Leer más

El barco quimiquero está atracado en el muelle de España, frente a la Capitanía Marítima de Ceuta. Se ve oxidado, abandonado, desierto, casi zombi. Solo unas pancartas pidiendo ayuda a la desesperada --"S.OS", "Help us, we want to go home" (Ayúdanos, queremos irnos a casa)-- muestran que entre ese amasijo de hierros hay vida. Los pasquines y la bandera turca que hondea en el mástil.

Los que habitan esta nave son 15 tripulantes turcos que llegaron a Ceuta cuando casi habían naufragado frente a las costas de Marruecos. El buque hizo aguas en el mar Báltico, navegó con una vía que inundaba los lastres por las costas de Portugal y, finalmente, fondeó al norte de Ceuta.

Los marineros, con los salvavidas puestos por si el mar remataba el barco. El capitán, el jefe de máquinas y un estudiante, en lucha contra otros 12 tripulantes en una pelea que  aún ahora parece no resolverse. Los primeros pretendían hacer caso al armador y seguir la ruta hasta Turquía --lugar donde debía descargar los 3.000 toneladas de lignosulfato sódico que hay en el barco-- y los segundos temían por su vida.

El barco entró el 15 de septiembre sin autorización en el fondeadero de Ceuta. La tripulación había enviado llamadas de ayuda a todas las oficinas de ITF en Alemania, España, Portugal, Italia. Finalmente, se detuvieron en aguas españolas porque el barco ya no daba para más y porque aquí sabían que el coordinador de ITF los ayudaría. En el mar, se sabe todo: quien ayuda y quien solo aparienta. La tripulación había llegado al punto de achicar agua con sus propias manos.

Capitanía de Ceuta inspeccionó la nave y vio que esa vía de agua impedía cualquier movimiento. Entonces, Marítima les obligó a hacer una operación de emergencia. El armador se avino a pagar a unos buzos para que repararan la vía, pero Capitanía encontró "daños estructurales" que imposibilitaban cualquier paso adelante, mucho menos atravesar el Mediterráneo de oeste a este.

Eso pasó entre el 15 y el 28 de septiembre. Lo que vino, tras arreglar el boquete, es lo de siempre: mínima comunicación con el propietario (el Yapi Kredi Bank), desaparición del mánager del barco (Ortak Denizcilik Sanayi); falta de comida y de combustible y sin noticias del fletador (el dueño de la carga). Es decir, tripulación en proceso de abandono. Leer más

Desde el barco, el puerto de Tánger se ve como una postal turística. Las casas blancas, en la montaña; las palmeras y los minaretes. La cuenca oriental de este mar, pese a que el Mediterráneo solo roza Tánger, se antoja como una copia inexacta de la otra ribera. Algeciras-Tánger. Una, en España. La otra, a 14 kilómetros, en Marruecos. O al revés. Tánger es ciudad de frontera, igual que lo es Algeciras. La última de África y la primera de Europa. De nuevo, el ir y venir por ese Mediterráneo musulmán y cristiano; el contacto sin querer o queriendo de Europa y África, el movimiento en espiral de comerciantes e inmigrantes. Tánger, eso sí, es más coqueta. Aquí vivieron pintores y escritores y algo guarda de esto. Algeciras es el final o el principio de la locura mental. El barco se detiene.

La gente se apea por turnos: primero, los conductores, que, además, son los que más abundan. Unos motoristas ingleses se animan hablando del Sahara, de las aventuras que recorrerán, de las fuerzas que necesitarán. Los jubilados franceses bajan las escaleras poquito a poco, a la velocidad que les permite el cuerpo. Les espera un bus, un itinerario, un programa y un guía. Leer más

Hay dos pantallas de televisión: en una, una canal italiano explica cómo una chica ha sido asesinada por su padre porque no quería casarse con el hombre escogido por él. Quería seguir con su chico italiano. En la otra, Al-Jaazira muestra unas imágenes de una reunión de líderes  en Beirut. El volumen de una y otra pantalla se entorpecen, se confunden. Esta vez no hay frontera entre una y otra realidad; solo la audiencia se da la espalda.

Frente a la pantalla italiana, unos 10 marroquís y dos italianos siguen la dramática historia de la muchacha. Fotos de la chica, cartas a sus amigas, dibujos. El reportero pone el acento en que la joven es hija de unos inmigrantes musulmanes en Italia. Repite lo de musulmanes hasta el cansancio, hasta que la muerte pasa a segundo plano. Yo me tenso; los marroquís no dicen nada. Tele basura italiana; los marroquís parecen acostumbrados.

De la nada, un italiano estalla en gritos: "¿Cómo puede ser?, ¿es posible algo así?". Entre el auditorio, nadie le hace caso; ni siquiera voltea a mirarlo. La audiencia frente al canal árabe -unas 15 personas-también hace oídos sordos y no mueve un músculo. La que sigue la historia de la chica solo arquea los ojos y responde con un silencio agrio. El hombre se calla a sí mismo.

Estoy acurrucada en un sillón del barco; soy la única mujer y me pregunto si este sujeto también me gritaría si emitieran una noticia sobre un español que ha maltratado a una mujer o la ha asesinado por celos. Llevamos 10 horas en el barco que nos debe dejar en Tánger y todos tenemos el ánimo y el cuerpo entumecidos. Faltan 15 horas para desembarcar. Leer más

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