La candidata Imma Mayol saluda a Joan Saura en el Pati Maning en el inicio de la campaña de ICV.No sé si estar triste o contento, o las dos cosas a la vez. Cuando ayer a medianoche los candidatos a las alcaldías varias se embadurnaban de cola con los primeros carteles, yo ya me encontraba lejos de esta ciudad y de ellos. No se puede decir exactamente que haya huido, pero por razones laborales, personales y circunstanciales, voy a estar fuera del país durante los quince días que dure el circo. Ni uno más. El día 27 me tendrán en casa de nuevo, decidiendo si voy a votar o qué. Los poetas cursis llamarían a mi viaje un pequeño exilio. Los psicólogos argentinos me diagnosticarían un rechazo a mis responsabilidades. Los envidiosos me acusarán de vivir bien. Puede que todos tengan razón, pero la realidad es que sólo me perderé --o me ahorraré-- estas dos semanas de campaña físicamente. Allá donde me encuentre, conmigo estará mi ordenador portátil perfectamente tuneado: una burrada de megas, conexión wi-fi y todos los extras necesarios para poder seguir la rabiosa actualidad de los políticos.

Igual que ocurría con las familias felices de Tolstoi, todas las elecciones democráticas se parecen. Sea cual sea el color de los partidos, cada año se repiten los mismos eslóganes con pocas variaciones, las mismas sonrisas desde los pósteres, los mismos tópicos. El único espacio que todavía no ha sido colonizado completamente es internet, el ancho mundo. Sí, de acuerdo, muchos candidatos tienen su página personal y etcétera, pero los límites de control siguen siendo difusos. Día a día, pues, me zambulliré un rato en la second life de estas elecciones y luego volveré a la superficie para contárselo a ustedes. Puede que los alcaldables, que se dice, remuevan cielo y tierra para pedirnos el voto,  pero tranquilos: si nos hartamos, siempre nos quedará el ciberespacio.