Más allá de los errores arbitrales, el Barça ganó porque fue el equipo que más buscó la victoria. Jugó mejor contra 11 que contra 10 porque tuvo dificultades en atacar a medida que acumulaba delanteros.

Al derbi le sobró una cosa: los incidentes que provocaron los radicales. El resto, polémicas arbitrales incluídas, nos deparó un gran partido de fútbol. Y varios partidos en uno. Y todos, desde el más fluido al más atascado, muy interesantes de analizar.

Jugando 11 contra 11, victoria técnica del Barça y derrota en el marcador. Victoria técnica porque los de Guardiola jugaron vistoso, atrevidos, mandando. Crearon muchas ocasiones y no entraron. Derrota en el marcador porque el Espanyol tuvo una y acabó dentro, más allá de si era o no falta a Valdés.

Jugando 11 contra 10, el partido fue muy distinto. El árbitro no hizo ningún favor a nadie dejando al Espanyol con 10. Ni a unos ni a otros. Es más, lo sufrieron todos. El Espanyol, porque no tuvo más opción que jugar como lo hizo. Todos atrás y a cruzar los dedos. El Barça, porque tuvo que resolver una de las cosas más difíciles que hay en el fútbol: aprovechar una superioridad numérica donde parece que no la hay, de tanta gente que acaba jugando en pocos metros cuadrados.

Preguntas inquietantes
Defender siempre es más fácil que atacar. Por eso son mayoría los equipos que se estructuran de atrás para delante y minoría los que lo hacen al revés. Y cuando se dan tres factores como los que se dieron en Montjuïc --equipo parido para aguantar, con el marcador a favor y uno menos--, el rival se enfrenta a un examen con varias preguntas inquietantes: ¿cómo lo hago para remontar? ¿cómo ataco? ¿qué jugadores saco para llevarlo a cabo? Y si me dan todo el campo, ¿cómo traduzco mi superioridad numérica en ocasiones? ¿y cómo evito que me pillen en una contra?

Guardiola lo resolvió lanzando al Séptimo de Caballería. Menos Pedro, el único especialista de banda, sacó al campo todo lo que tenía en ataque: Etoo, Henry, Bojan, Messi, Xavi, Iniesta, Alves... y aquí casi podríamos sumar a Keita, Piqué y Puyol, por si pillaban un balón aéreo a balón parado. ¿Acierto o error? Un poco de ambas cosas.

Acierto, porque el resultado te lleva a pensar que salió bien y acierto, porque al mantener a los jugadores ofensivos que ya tenías, y sumarles los tres nueves, buscabas una cosa: una calidad específica que solo tiene el delantero centro, que lleva el gol dentro. Guardiola se encomendó al sexto sentido que atesoran los tres nueves. Y éste es el de intuir dónde puede ir a parar el balón tras un rechace. Y en un ataque-gol, por mal que se ejecute, de rechaces y rebotes hay muchos. En uno de ellos llegó el gol de Henry.

Dos líneas
¿Acierto o error? Resultado en mano, acierto. Futbolísticamente hablando, hay mucho de error. No por sacar a más delanteros atacas mejor. Ciertamente, aumentas ese plus extra de intuición que atesora el goleador, pero basarlo todo en ello es arriesgado. Y el Barça lo hizo. Las prisas por remontar nunca son buenas. Aunque, posicionalmente, el Barça jugó infinitamente mejor 11 contra 11 que 11 contra 10. ¿Por qué tanto atasco?

Más allá de que el Espanyol se echara descaradamente atrás --lógico--, el Barça se olvidó de una cosa. Y básica. Por más que tu rival se cierre, tú has de intentar seguir jugando con dos líneas. Mediocampistas y delanteros. Y entre unos y otros, un mínimo 10-15 metros de distancia. Porque cuando el Espanyol cazaba un rechace, no había segunda línea del Barça --mediocampistas-- para frenarles. Todos, delanteros y mediocampistas, juntos en una única línea --la última, la delantera-- donde todos se quitaban el espacio a todos. Y lo que tú precisas es espacios. Y estos únicamente los vas a crear no solo moviendo rápido el balón --obvio--, sino haciéndolo circular de arriba a abajo, de abajo arriba, hasta crear un hueco para el pase, la pared, o el apoyo para entrar. Y que conste que es tan fácil de explicar como difícil de ejecutar. Aunque sí se puede entrenar, y mucho.

Un apunte solamente para el colegiado. A mi entender, acabó ganando el que más lo buscó. Por tanto, dejaré de lado si era o no penalti, si hubo o no falta a Valdés en el 1-0, o si era o no expulsión de Nené. A los cinco minutos tuve la desagradable sensación de que, arbitralmente, aquello no acabaría bien. Y en ese momento no había ocurrido nada de lo citado y sí una decisión que me llamó mucho la atención. La primera amarilla del partido a Sergio Busquets... por protestar. No por una patada. Un cero en mano izquierda. Un cero en atender y entender la psicología básica del futbolista. Es un derbi, un partido de alto riesgo en las gradas, y tú lo arrancas sacando una amarilla sin sopesar nada, ni edad ni nervios del más joven de todos en ese momento.

Si has decidido que no era penalti por manos de Moisés en el disparo de Alves, perfecto. Pero reforzar esta autoridad con una amarilla a un debutante en este tipo de partidos tan especiales, tan y tan inflamables, no es un acierto, sino un error. Y gratuito.