140 litros. 200, si lo que se llena es un vaso de leche. 170, con una pinta de cerveza. Otros 2.400, si se comparte el trago con una hamburguesa. Y 10.850 más, en el momento en que uno se calza unos vaqueros. Son los litros de agua que se van por el desagüe sin ni siquiera acercarse al grifo. Es “agua virtual”, la que se utiliza en el proceso productivo de bienes y servicios: una patata (25 litros), un coche (400.000 l.), un microchip (32 l.).

El concepto lo introdujo a principios de los 90 John Anthony Allan, del King’s College (Londres). Casi dos décadas después, ya con la sequía a flor de piel, su trabajo se ha llevado el 2008 Stockholm Water Prize Laureate, premio del Instituto Internacional del Agua de Estocolmo, por “redefinir el discurso en torno a la política del agua”. Porque el concepto virtual va más allá de la concienciación popular (que también: cada americano consume 6.800 litros de agua virtual cada día). Según Allan, la importación en términos virtuales se podría utilizar como una “fuente alternativa de agua”. Lo que al menos aseguraría de base unos trasvases sólidos.

Para calcular cada huella acuosa, se puede echar mano de esta calculadora