Antes de que se lo cortara un tal Ramón Ramírez, parece que el guardián de la ermita de San Roque hizo negocio con él. Eso dice la leyenda que circula por la localidad gaditana. Su antigua ermita –hoy parroquia Santa María la Coronada– aún mantiene en pie la imagen del santo francés con su inseparable perro sin rabo. Por lo visto le desapareció –cuenta Antonio Pérez, cronista oficial de San Roque– en el siglo XIX, durante una de las múltiples epidemias que asolaron toda Andalucía a excepción del protectorado de San Roque (el patrón de los afectados por epidemias). El guardián de la ermita aprovechó el multitudinario peregrinaje para vender unos “polvos mágicos”, decía, con los que esquivar la enfermedad y que en realidad extraía sin ninguna magia raspando la imagen de la cola del perro. Así que en Cádiz, “el perro de San Roque no tiene rabo, porque el guarda-santero se lo ha rapado” (sic). No es el único paradero del trabalenguas. Otra leyenda sitúa el rabo –ahora reconvertido en pez– en las aguas del Atlántico, que fue donde lo arrojó el famoso Ramón Ramírez.