Ya me disculparán si no les contesto uno por uno, pero los últimos comentarios que ha recibido el blog me han animado a escribir este post.

Antes que nada, agradecer todas las críticas constructivas, especialmente las de los maestros y los papás que, en lugar de sentirse inmediatamente ofendidos por alguna de las experiencias de Paula y su madre, se han animado a hacer una reflexión por escrito (gracias Montse, Albert y Mireia!!!).

Voy con las destructivas, algunas de las cuales me mandan directamente al paro (menos mal que no depende de ellos). Una de las críticas que más se repite es la que considera que los textos de Paula y su madre no deberían titularse 'Criar Hijos', porque reflejan solo una experiencia de crianza, que no son modelos ni modélicos, vaya. Bueno, confieso que he estado tentada de titular los textos como La Madre Soltera Punto Com, pero resulta que no cabe :-) Leer más

Paula y yo utilizamos el Bulevard Rosa como atajo, para ir de la rambla de Catalunya al paseo de Gràcia ahorrándonos unos bocinazos (a ella le gusta porque hay una tienda de chuches y de uvas a peras le compro alguna). Por lo demás, soy una clienta nefasta para este centro comercial. Nunca me gasto un duro. Fue en este espacio interior, tan higiénico y luminoso, donde lo vi. Estaba justo en la coronilla. Un piojo de buen tamaño correteaba entre los cabellos castaños de mi hija. 

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No sé a quién le hace más ilusión, si a Paula o a mí. Pero lo cierto es que el día que llega al quiosco el nuevo número de la revista Cucafera es un buen día. Es lo más parecido a la emoción que sentía yo de niña cuando mis tíos llegaban, en Navidad, cargados de tebeos para sus sobrinas. Los devoraba en un plis plas.
No entiendo por qué la historieta tiene tan mala fama en la escuela. Yo aprendí a amar las palabras leyendo cómics de Mortadelo y Filemón, Don Miki, Esther (sí, sí, aquella adolescente enamoradiza)... Pero hablábamos de niños.

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Querida Paula,
Duermes. Llevo un buen rato mirándote. Tu cara me da paz. Toda la paz de la que no hemos disfrutado estas dos últimas semanas de peleas y gritos, con algunos momentos buenos, sí, pero pocos.
Esta noche no duermes acurrucada en un lado de la cama, como haces cuando las cosas no van bien; esta noche descansas ocupando todo el ancho del colchón, boca arriba, con los bracitos extendidos por encima de la cabeza, completamente relajada.

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Salgo del trabajo a las ocho de la tarde con las cervicales duras como una piedra. Pedaleo veloz por la calle Aragó y en menos de 10 minutos estoy en casa. Pero, ¡ay!, no tengo pan para mañana. Derrapo con la bici y vuelvo atrás para comprar una barra. Las ocho y media.

Paula debería estar duchada y cenada, porque si no mañana no habrá quien la despierte. Y ni siquiera tengo la cena preparada. De hecho, no tengo ni idea de qué hacer para cenar. Leer más

Si las varitas mágicas se vendieran en el súper, Paula querría comprar una para echar a volar. Pediría un vestido largo y precioso, de color rosa o lila, con zapatitos brillantes tipo manoletina. Paula querría ser un hada.

   "Pero, mamá, ¿las hadas existen?", pregunta mi hija de 6 años después de manifestar que desea ser una de ellas. He leído en algún lugar que a los niños pequeños hay que darles respuestas cortas y claras, consejo que me parece muy acertado pero que soy incapaz de poner en práctica porque yo la vida no la veo nada clara y, ante ciertos interrogantes, me resulta imposible ser breve. ¿A que no es lo mismo que te pregunten dónde queda la parada del bus 64 o que te planteen si existen o no las hadas?

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Película: Ratatouille. Sesión: número tropecientosmil (ya he perdido la cuenta de las veces que Paula y yo hemos visto esta peli desparramadas en el sofá). Minutaje: 1 hora 23' 40''. Escena: Remy, la rata protagonista, está encerrada en una jaula, y allí mantiene un tenso diálogo con el espíritu del fallecido chef August Gusteau.

 --¡Mamá para! ¡Pausa! ¡Para aquí!
--Vale, vale --le digo a Paula saliendo apenas de mi ensoñación--. ¿Dónde está el mando?
--¡Aquí! --chilla ella blandiendo el aparato como una espada--. ¡Ya la paro yo!
--¿Por qué gritas tanto, hija?
--Es que este trozo es el que más me gusta de la peli.

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"¿Jugamos?". Es lo primero que dice Paula al llegar a casa después de la escuela. Tiemblo. Algunos de sus juegos son tremendos. Por ejemplo, el de profes. Consiste en colocar a todos los muñecos en fila y echarles un rapapolvo de aquí te espero. Ni siquiera yo, su madre, me escapo de la bronca colectiva. Si se me ocurre interceder por mis compañeros de peluche, Paula me castiga "¡a hacer deberes a la clase de tercero!". (A ver quién la convence, cuando sea mayor, de que los deberes no son un castigo. ¿O sí lo son?).

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Viernes. 19.30 horas. Planta de Pediatría de un Centre d'Atenció Primària (CAP) de Barcelona (que no es el nuestro). Entro con Paula en la consulta de la enfermera.

--Yo (intentando que no se me note el susto): Hola. A mi hija le ha mordido un perro en la pierna. Es una herida superficial, pero... ¿Podría echarle un vistazo?
--La enfermera: ¿Me da los datos, por favor?
--¿De la niña? Pero si los acabo de dar en recepción.
--No señora. Los datos del perro.

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Les presento a Elisabet y a sus hijos, Gina, de 5 años, y Pol, de 3. Elisabet ha escrito un diario de su maternidad. Aquí tienen un fragmento:

"Es mejor que hable en silencio, a través de la palabra escrita, porque hoy la voz y la garganta no me acompañan. El estado de Gina ha terminado afectándonos a todos y todos hemos terminado afectando a Gina. Es un círculo vicioso que no favorece a nadie.

Me duele la garganta, he tenido dolor de cabeza, siento que desfallezco. Leer más

Esto ya lo he contado alguna vez. El día en que el papá de Paula se quedó la niña a comer y le preparó una escalivada de plato único y pistachos de postre. La niña apenas había cumplido 2 años, de vez en cuando aún chupaba teta, y el hombre se escudó aleccionándome en el dato de que un puñado de pistachos equivalen a un bistec. Cuando la recogí, Paula estaba muerta de hambre. (Espero que no piensen que esto es una venganza contra mi ex. Nooo... ¡qué va! No. En serio. No lo es).

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Son las nueve y cinco minutos de la mañana. Hoy es uno de esos días en que Paula y yo conseguimos salir de casa sonriendo y sin prisas. Caminamos hasta la cercana estación del tren que la lleva a la escuela y que pasa puntualmente a las nueve y diez.

En el andén, Paula se encuentra con una niña de su clase. Juegan. Faltan dos minutos. ¡Propera circulació, tren escolar!, anuncian a todo volumen por megafonía. Las niñas se cargan las mochilas a la espalda y van hacia su vagón sin dejar de jugar.

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Desde que nació Paula, no he vuelto a dormir, a descansar y a desconectar como antes. Y ya han pasado 6 años. No he consultado el tema con ningún pediatra del sueño. ¿Para qué? Cuando tenía 20 años y bailaba día sí día no en el Karma hasta que sonaba Goodnight ladies de Lou Reed (a las 6 de la mañana), iba sonámbula y no se me ocurrió ir al médico. Madres, estáis exhaustas pero no estáis solas. Por mucho que digan, la mayoría de niños no duerme del tirón. Hay mujeres que se despiertan cada hora para calmarlos; otras lo hacen un par de veces por noche, y algunas, como yo, terminamos durmiendo en la cama grande con nuestras hijas.

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En un país muy lejano, en el Sáhara, vivían un montón de granitos de arena. Había tantos que formaban montañas onduladas; dunas, se llaman. Un día, estalló una tormenta de viento, la arena se levantó y formó nubes que el aire arrastró muy lejos. Una de esas nubes llegó hasta Barcelona, y ahí se posó largo tiempo hasta que, una noche, la lluvia la empujó hacia el suelo, que quedó cubierto de barro. A la mañana siguiente, una madre y una hija jugaban en su patio, en Barcelona. Al ver la alfombra de arena sobre el suelo, la madre agarró una escoba y empezó a barrerla.

--"¡No me eches, por favor!".
--"¿Has oído eso?", dijo la madre.
--"¿El qué?", respondió la niña.
--"Esa vocecita. Escucha".
--"¡No me barras, por favor! Quiero quedarme aquí".

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--Mamá, ¿te puedo contar un secreto?
--Claro. ¡Me encantan los secretos!
--Me lo ha dicho Sonia. ¿Sabes? La de mi clase.
--Sí.
--Sonia dice que un día se van a llevar a su hermana a follar.
--¡Jod...! ¿Ah?
--¿Tú sabes qué es follar?
--Mmm... Sí.
--Es hacerse un triple morreo.
--Ya. Paula...
--¿Qué?
--No hay que llevarse a nadie a hacer cosas que una no quiera hacer.                                                 
--¡Pero si ella también lo quiere!
--Ah, vale. Paula...
--¿Qué?
--No me gusta la palabra follar. Prefiero que no la digas.
--Bueno.

Semejante conversación transcurrió sobre una bicicleta. Íbamos de camino a casa de los abuelos y les juro que no nos caímos de milagro. Leer más

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