Durante un tiempo que se me antojó larguísimo, Paula solo se dormía en brazos (los míos). Me pasaba horas recorriendo el pasillo largo, estrecho y oscuro de nuestra casa del Eixample, hasta que por fin sentía la respiración tranquila y regular de mi bebé: ella dormía, por fin, y yo me sentía agotada y entumecida. «La estás malcriando», me regañaban.

Pasó el tiempo, tenía la espalda echa polvo y ya no podía cargar a la niña, pero ella seguía necesitando el vaivén para relajarse, o sea que la metía en un carrito y, hala, otra vez pasillo arriba y pasillo abajo. «Así no la estás ayudando», me prevenían.



A los 4 años, Paula y yo dormíamos juntas. Yo hecha un ovillo en un extremo del colchón y ella moviéndose en el sentido de las agujas del reloj hasta ocupar casi todo el espacio. Por la mañana, yo solía amanecer maltrecha. «Nunca dormirá sola», me advertían.

Desde que cumplió 7 años este verano pasado, Paula duerme en su cama del tirón. A veces, después de leerle un cuento, me quedo un ratito a su lado, esperando escuchar esa respiración calma que me da tanta paz. Pero ella no me deja: «Anda mamá, vete a tu cama», me ordena cariñosamente. Ya no me ha vuelto a doler la espalda.

Algo parecido ocurrió con el hábito de chuparse el pulgar. En el caso de Paula eran los dedos índice y anular los que succionaba insistentemente desde los tres meses. La gente me contaba historias terroríficas de adultos que no habían podido superar el hábito y que hacían el ridículo metiéndose los dedos en la boca en medio de una reunión. Paula dejó de hacer la pipa durante el día a los 5 años y hace unos meses me di cuenta de que tampoco lo hace de noche. Ya no lo necesita.

Respetar sus necesidades y su ritmo (muchas veces a costa de los míos) es lo mejor que he hecho en la vida, aunque les aseguro que no echo de menos aquellas idas y venidas por el pasillo. Masoca no soy.