Paula debía tener poco más de 3 años cuando, durante unas fiestas de Gràcia, desembocamos sin querer en una plaza donde un grupo de teatro representaba un texto de Joan Brossa. La niña se sentó en primera fila y yo me quedé de pie, convencida de que al cabo de unos minutos se cansaría. Pero no fue así. Se quedó embobada, enganchada al espíritu lúdico del autor y a la surrealista puesta en escena. Y no era la única. No sé qué habrá sido de aquella compañía, pero su adaptación de Brossa me convenció de que el teatro bien hecho no tiene edad y de que buena parte del llamado teatro infantil no es es más que otra tendencia de consumo.


Desde ese día en Gràcia, Paula y yo no hemos dejado de ir juntas al teatro. El jueves pasado estuvimos en el estreno del musical Aloma, en el Teatre Nacional de Catalunya. La niña aguantó como una jabata las dos horas y pico de función, aunque los dramas familiares de la Rodoreda no son precisamente lo más adecuado para una niña de 7 años (ni para una de 38, la verdad). Pero, ¿qué es lo más adecuado?

En estos años me he encontrado con muy poco teatro que mi hija no pudiera ver. Prefiero llevarla a una representación teóricamente para adultos que a una sala donde un payaso se dedica a animar una platea en la que los niños devoran galletas, palomitas y todo tipo de chuches.

No entiendo cómo las sesiones de música para bebés y ópera para niños agotan las entradas en pocas horas y luego esos mismos niños jamás escuchan un solo tema del repertorio clásico ni en sus casas ni en la escuela.

Ir al teatro es algo más que llenar una mañana del sábado o del domingo con alguna actividad porque no hay quien aguante a los niños en casa. Es disfrutar (o aburrirse, ¿por qué no?), comportarse durante la función, valorar el trabajo de los actores, hacerse preguntas. Es atrapar imágenes que guardaremos toda la vida como un tesoro.