Creía que había que ser mujer y haber sufrido a las monjas en los años 70 para recordar uno de los temas más populares del folclore infantil en español. Pues no. Aún lo recitan de memoria las mamás, las abuelas y las tías (las que tienen más de 30 años); también algunos papás, e incluso unas pocas treintañeras que estudiaron en escuelas catalanistas (que entonces eran sinónimo de progres). Sin embargo, a partir de los años 80 y sobre todo tras la irrupción de los niños de la era digital, de la generación 2.0, la tonadilla se esfuma de los recreos tan misteriosamente como apareció.

Yo soy la viudita del conde Laurel / y quiero casarme y no sé con quién. / Si quieres casarte y no tienes con quién / escoge a tu gusto que aquí tienes quien. ¿Se acuerdan? Había que situarse en corro y la niña a la que le tocaba el final de la canción tenía que salir a escoger a su amada. (Chicas con chicas, era lo que había; algunas, de mayores, ya libres, han seguido escogiendo igual).

En los patios de las escuelas se siguen practicando los juegos de corro y de palmas, solo que de la viudita y del conde no queda ni rastro. Han sido sustituidos por una versión más hardcore y directa, acorde con los tiempos.

Le he pedido a mi hija Paula, que acaba de cumplir 7 años, que me escriba la letra del juego con el que lleva taladrándome la última semana. Me la ha escrito con una condición: que no revele el nombre del niño que le gusta. Prometido. Ahí va:

Debajo de la mesa hay una carta / escrita por tu novio, ¿cómo se llama? (aquí hay que decir un nombre, pongamos... Luisín) / ¿Te has duchado alguna vez con él? (sí o no) / ¿Has dormido alguna vez con él? (sí o no) / Pues solo te quiere a ti, solamente a ti.

A Paula este juego le hace mucha gracia, sobre todo cuando me toca a mí mentar al novio y tengo que remontarme a la memoria histórica para recordar al último hombre con el que me duchado. Es lo que tiene ser madre con custodia completa.

¿Ves hija? No me he chivado.