lunes, 06 de octubre de 2008 11:50
Gemma Tramullas
Y de postre, una pataleta infantil
He visto a la más zen de las madres perder la compostura ante la rabieta imprevisible y desmesurada de un crío; he oído amenazas espeluznantes dirigidas a niños que apenas se sostenía en pie; he sentido cómo mi propia ira salía impulsada desde el estómago como un alien, escalaba el tubo digestivo como un rayo y vomitaba gritos sobrecogedores sobre Paula. Las sombras de la maternidad existen y son alargadas, pero la mayor parte de las veces no rebasan el ámbito de lo privado.
Hace unos días, fui con Paula a cenar a casa de una amiga mía. Mis posibilidades de cenar fuera se han reducido de 100 a casi 0 desde que soy madre, o sea que una oportunidad de estas no la dejo pasar por nada del mundo. Al llegar a casa de mi amiga, había otros cuatro niños: el más pequeño tenía dos años y el mayor nueve; Paula acaba de cumplir siete. Los críos cenaron en un pispás y fueron a jugar, mientras los mayores seguíamos la tertulia.
Desde el comedor, oía sus voces, o mejor dicho, oía a Paula dar voces. Fui un par de veces a pedirle que bajase el volumen y suavizara el tono. Era tarde y el ambiente en la sección infantil se estaba cargando, pero volví a la mesa. La tercera vez que tuve que levantarme se produjo el choque. En cuanto le dirigí la palabra (no muy amable, por cierto), Paula se puso fuera de sí: no lloraba, más bien pataleaba y chillaba, chillaba mucho. Yo también me puse a chillar. La agarré con un brazo, con el otro me colgué el bolso al hombro y me despedí de mi amiga, que me miraba atónita. Paula y yo aún estuvimos chillándonos un rato. Luego ella se durmió.
A toro pasado, se me ocurren varias cosas que podía haber hecho mejor: podía haberme ido antes de casa de mi amiga, al fin y al cabo era muy tarde para Paula; podía haber dejado que los niños se apañaran solos; podía haber intervenido de otra forma, planteando un juego diferente entre ellos, por ejemplo; podía, podía.... No somos perfectas.