lunes, 29 de septiembre de 2008 15:03
Gemma Tramullas
La primera partida de ajedrez
Las piezas del ajedrez languidecían en un armario, embutidas en una caja, desde el mismo día en que a un buen amigo se le ocurrió que este era el regalo idóneo para una niña de 3 años (yo le dije que sí lo era, a condición de que fuera él quien le enseñara, cosa que no ocurrió). El tablero, en cambio, ha sido útil desde el primer día, como bandeja en la que mi hija sirve el té a los peluches. Alguna vez intenté que lo empleara para su función original, pero mi falta de entusiasmo por el juego y su poca capacidad para la estrategia terminaron con la niña enrabietada, yo de mala leche, y el tablero y las piezas por el suelo.
Hace poco, cuando Paula cumplió 7 años, le regalaron otro juego de estrategia, Atasco en la selva se llama, o eso creo. Se trata de conseguir que una pieza en forma de jeep que está rodeada de piezas en forma de animales salvajes logre encontrar la salida del tablero. «¡Bien! --pensé--. Esto me da menos pereza que el ajedrez». Por fin podría animar a Paula a jugar a otra cosa que no fuera la consabida obra de teatro que monta cada día a la vuelta de la escuela y en la que ella siempre es la jefa y yo siempre tengo que obedecer.
Pues no.
Lo intenté varias veces, pero Paula no tiene paciencia, yo pierdo la mía y las piezas del safari acabaron por el suelo.
Ya me había resignado a mi papel secundario en las funciones infantiles, cuando el viernes, a la vuelta del cole, Paula me pidió que jugáramos a ajedrez. Ella misma dispuso las piezas en su cuadro correspondiente, yo le di un par de instrucciones sobre los movimientos de cada figura y ya.
Cuando me di cuenta llevábamos tres cuartos de hora jugando. Entonces la dejé ganar (es lo que han hecho todos mis ex conmigo: la primera partida me la dejan ganar y luego venga palizas) y me fui a preparar la cena pensando en que me ha hecho falta tener una hija para darme cuenta de que cada cosa tiene su momento.