martes, 23 de septiembre de 2008 13:48
Gemma Tramullas
Brujería en el patio de la escuela
Ponemos medio litro de agua a calentar (se puede usar como combustible piedras que lleven un rato al sol y estén muy calientes). Añadimos tierra de maceta, oscura, y un pelín de polvo blanco, que sale de machacar una tiza que habremos sacado de clase sin que la profe se dé cuenta. Tiramos cuatro o cinco hojas de roble ya caídas y mezclamos bien. Ahora viene la parte más importante: cada niña se arranca unos cuantos cabellos y los mete en el agua. Volvemos a mezclar y se deja reposar un minuto. Cada una beberá un trago de la pócima y entonces se convertirá en su animal favorito.
--¡Puaaaj! Paula, qué asco -le digo a mi hija cuando termina de enunciar la receta mágica que hace unos días cocinó con sus amigas en el patio de la escuela.
--Pues Margarita se ha bebido la mitad -contesta ella.
--¡Qué! Mañana tendrá cagarrinas, seguro.
--Es que ella quería convertirse en elefante, que son muy grandes, y necesitaba mucha poción.
--Ah.
--Ona también se la ha bebido.
--¿Y en qué animal quería convertirse Ona?
--En un caballo.
--Pues también habrá tomado bastante. Otra que mañana estará mala. ¿Y tú?
--¿Yoooo? Nooo. ¡Puaaaj! Yo quería ser un conejo.
--Bueno. Un conejo es pequeñito. No hace falta mucha poción.
--Ya. Yo solo bebí un sorbo.
--¿Entonces sí bebiste?
--Bueno... pero la escupí.
--Está bien. ¿No te duele nada?
--No.
--Pues venga, a cenar.
Paula-Panoramix (acaba de descubrir mi colección de Ásterix) se acerca dando saltitos hasta la mesa. Durante la cena, sigue hablando por los codos sobre lo que ha hecho esta semana en la escuela o, mejor dicho, en el patio, porque del aula no cuenta ni el color de las paredes. «Menudo chollo de cole», pienso acordándome de mis monjas.