Llevo varios días tratando de que mi hija Paula se meta en la cama a una hora razonable para que la adaptación a la rutina escolar no resulte tan pirotécnica. Lo dicen los expertos: al menos cinco días antes de la vuelta al cole, los niños deberían retomar su horario habitual. Me encantan los expertos. Un experto es aquel que da consejos casi siempre imposibles de llevar a la práctica por el común de los mortales, seres imperfectos y más dados a la espontaneidad que a la previsión .

Durante el curso, Paula, que tiene 7 años, se va a la cama a las nueve de la noche, de puro agotamiento, pero estos últimos días no consigo que se duerma antes de las diez y media o las once. Cuanto más insisto, más despierta está ella, y me temo que la noche de hoy será la peor: sabe que se le acaba el chollo de las vacaciones y tiene la intención de apurarlas hasta el final. Y no la culpo.

Cara a la reentré escolar, llevamos varios días leyendo cuentos que hablan del asunto. Casi todas las historietas de su revista favorita, La Cucafera, tienen como protagonistas a niños encantados de reencontrarse con su maestra y de perder a sus madres de vista. ¿De dónde salen estos personajes? ¿O es que Paula es la única niña que prefiere quedarse en casa jugando? Menos mal que la hermana mayor de la La Cucafera, Tiroliro (a partir de 7 años), nos trae las desventuras académicas de Anton Lapífia, un niño mucho más parecido a los de verdad que nos hace reír a carcajadas a las dos.

Y volviendo a los expertos (ya ven que me fascinan) ¿Alguno podría decirme cómo nos adaptamos los adultos a la vuelta al cole? A levantar a los niños con prisas, a volar hasta el colegio, a salir zumbando del trabajo por la tarde para recogerlos, a aguantar que se desfoguen de la tensión del día con nosotros...

No, si ya lo dice mi psicóloga: el problema con la escuela no lo tiene Paula; lo tengo yo.