lunes, 30 de junio de 2008 13:02
Gemma Tramullas
Viajar con hijos es viajar con miedos
Con la maternidad llegó el pánico. Desde que nació Paula no he sido capaz de volver a subir a un avión sin sufrir. Me paso el viaje esperando el próximo bache de aire que desestabilice el aparato y nos haga caer al vacío entre gritos y oraciones del pasaje. Demasiadas películas, dirán. Pero no. No son las películas. Es que ahora temo por mi vida y antes, la verdad, ni siquiera reparaba en que podía perderla.
Cuando Paula tenía tres meses, me la cargué en la mochila portabebés y nos fuimos solitas a México, que es de donde proceden sus genes por parte de padre. Ella durmió de un tirón las 12 horas del viaje, pero yo me pasé el trayecto imaginando qué pasaría si hubiera un accidente y yo no sobreviviera. ¿Quién cuidaría de mi hija? ¿Su padre? ¿Los abuelos? ¿Su tía? Llegamos al destino sanas y salvas (como siempre) y el viaje de vuelta lo sobrellevé con un par de tequilas en el cuerpo que debieron darle mejor sabor a mi leche, porque Paula no dejó de pedir teta durante todo el vuelo.
Siete años después, mi hija se entretiene mirando las nubes desde la ventanilla, haciendo sudokus para críos y esperando que las azafatas le den un caramelo. Pero no hemos vuelto a México. Nuestros trayectos aéreos más largos no van más allá de la hora y media de un Barcelona-Londres. Y yo lo sigo pasando fatal aunque haga muchos sudokus.
Fíjense si estoy mal, que este verano volvemos a Menorca pero vamos con el barco lento, ese que tarda más de ocho horas. Con la excusa de que el precio de los pasajes de avión estaba por las nubes, me convencí de que sería divertido revivir mi infancia a bordo del buque de Trasmediterránea que todos los veranos trasladaba a mi familia a Mallorca. Estaba la mar de contenta con mi decisión. Estaba.
Se acerca el día del embarque y siento el miedo más próximo. ¿Y si estalla una tormenta? ¿Y si se abre una vía de agua? ¿Y si me caigo al mar? ¡Qué cruz!