Cuatro días y tres noches. No dejo de repetírmelo: «¡Cuatro días y tres noches!». Mañana Paula se va de colonias durante cuatro días y tres noches. ¿Qué demonios voy a hacer yo todo este tiempo?

Si algo le gusta a Paula de la escuela son las colonias; el resto a duras penas lo tolera. Tenía 3 años cuando durmió por primera vez fuera de casa, con sus compañeros. Recuerdo que se me saltaban las lágrimas cuando fui a despedirla al autocar. ¡Qué boba! (lo digo porque, cuatro años después, me pasa lo mismo).

El primer año, los cuatro días y las tres noches de marras se me hicieron eternos. Incluso pensé en alquilar un coche y dejarme caer por la casa de colonias con cualquier excusa como, por ejemplo, que me había olvidado meter las chancletas de la peque en la mochila. No lo hice y aguanté como una jabata. Incluso logré salir la primera noche, pero me la pasé hablando de Paula, y mis amigos ya no volvieron a invitarme.

Después de otras dos noches de insomnio provocado por un zapping compulsivo, llegó el día de la recogida. Y otra vez se me saltaban las lágrimas cuando vi acercarse el autocar (y no les cuento cuando puede abrazar de nuevo el cuerpecito de mi niña...)

Paula toleró el abrazo apenas unos segundos y luego se deshizo de mí para salir zumbando a jugar con sus amigos. No parecía haberme echado mucho de menos, al menos no tanto como yo a ella.

Me cuentan que muchos niños se enferman después de las colonias o lloran sin motivo aparente (para los adultos) o están rabiosos. Paula no. Paula volvió de colonias la mar de pancha, relajada y contenta. De hecho, la sentí más tranquila, como si hubiera madurado en tan pocos días.

La misma escena se repite desde hace cuatro años, aunque yo ya he aprendido que no debo hablar de niños cuando salgo con los pocos amigos que me quedan. Ya les doy bastante la vara el resto del año.

Cuatro días y tres noches. ¡Cuánto te voy a echar de menos!