Vaya por delante que detesto ir de compras y apuro la ropa y los zapatos hasta extremos vergonzosos, como asistir a una recepción en la embajada española de Londres con una chaqueta tejana raída por el uso. Algún día Paula también ha llevado camisetas dos tallas por debajo de sus 6 años, pero en general trato de vencer mi fobia a los escaparates y renovarle el vestuario a menudo. Hace un par de días, a la vuelta de la escuela, entramos en una zapatería porque los pies se le achicharraban en las bambas.

--Ven Paula. Vamos a comprar unos zapatos cómodos para ir al cole.
--¿Sandalias?
--Sandalias ya tienes las que te compró papá. Mejor unas que te agarren bien el pie para que puedas correr y saltar.
--¿Como estas? --pregunta mi hija, que nada más entrar en la tienda elige unas sandalias plateadas, de tiras delgadísimas (llaga asegurada), y con lentejuelas.
--Pero hija, si parecen para ir a una boda. No. He dicho unos zapatos cómodos.


--¿Así? --Paula vuelve con otras sandalias, blancas, robustas, pero con las lentejuelas de marras.
--Mejor. Pero yo estaba pensando en unas bambas de verano.
--Pero mamá... ¡Es que me encantan! ¿Me las puedo probar?
--Sí, pero deja a ver si encuentro otras... Anda, pruébate estas.
--Estas me van grandes. Mamá, por favor, yo quiero las blancas. Es muy importante.
--¿Por qué es importante?
--Es que son Geox.
--¿Qué es Geox?
--Una marca que llevan las niñas de mi cole.
--Ya. Paula...
--¿Qué?
--Los zapatos se compran porque se necesitan y porque son cómodos. Da igual la marca.
--Vale. ¿Me los compras porfaaa?

No les cuento el final porque estoy segura de que ya se lo imaginan. Saliendo de la tienda no podía dejar de pensar en las madres con niños adolescentes. Aterrada estoy.