No sé a quién le hace más ilusión, si a Paula o a mí. Pero lo cierto es que el día que llega al quiosco el nuevo número de la revista Cucafera es un buen día. Es lo más parecido a la emoción que sentía yo de niña cuando mis tíos llegaban, en Navidad, cargados de tebeos para sus sobrinas. Los devoraba en un plis plas.
No entiendo por qué la historieta tiene tan mala fama en la escuela. Yo aprendí a amar las palabras leyendo cómics de Mortadelo y Filemón, Don Miki, Esther (sí, sí, aquella adolescente enamoradiza)... Pero hablábamos de niños.



   La carita que pone Paula cuando descubre las nuevas aventuras de los personajes de la Cucafera me da incluso envidia. Es feliz. Y yo también disfruto. Ese momento es más poderoso que todos los manuales de introducción a la lectura juntos. También discutimos, claro (cómo no íbamos a discutir mi hija y yo), porque a la hora de meterse en la cama pretende que le lea la revista. No una aventura, no, ¡toda la revista!
   Pero este no es un espacio de publicidad gratuita (aunque debo confesar mi debilidad por esta publicación, sobre todo por las páginas interiores pensadas para madres y padres en apuros). Donde dice Cucafera, pongan Tatano, Cavall Fort o cualquier revista para público infantil. O un cómic para niños. Negociar la compra mensual de un ejemplar crea en los peques una emoción que es la base del placer de leer.
   También les chivo un truco de Lourdes Reyes Camps, autora de Vivir la lectura (Editorial Juventud). Coloquen un cuento en un estante elevado y díganle a su hijo que ese libro es para mayores que ya leen un poco. A lo mejor el primer día no pasa nada, pero en algún momento lo cogerá para hojearlo y, ¡zas!, habrá caído en una de las trampas más deliciosas de la vida: la lectura.
   Sin emoción, no hay aprendizaje. Estoy convencida. ¿Y la disciplina?, me dirán. La disciplina, después. Pero mejor me callo, si no me acusan de fomentar la educación sin límites (¿yooo? ¡qué va!). Prueben el truco de Lourdes. Ya me contarán.