Querida Paula,
Duermes. Llevo un buen rato mirándote. Tu cara me da paz. Toda la paz de la que no hemos disfrutado estas dos últimas semanas de peleas y gritos, con algunos momentos buenos, sí, pero pocos.
Esta noche no duermes acurrucada en un lado de la cama, como haces cuando las cosas no van bien; esta noche descansas ocupando todo el ancho del colchón, boca arriba, con los bracitos extendidos por encima de la cabeza, completamente relajada.


   No sé cómo, pero madres e hijas (o algunas madres y algunas hijas) entramos a veces en unos bucles de tormenta de los que es muy difícil salir. Pero eres muy pequeña aún para entender lo que es un bucle. Imagínate un tornado como los que habéis estudiado en el cole, un tornado poderoso que se lo lleva todo por delante. Ahora quizá sepas lo que quiero decir. Cuando ha pasado el tornado, se instala una calma profunda. Como la que esta noche refleja tu carita dormida.

   Te miro y me viene a la cabeza lo que me has contado esta tarde de la escuela. El juego que habéis hecho en clase de "sico", como dices tú, y que no es psicología sino psicomotricidad, aunque a veces (como hoy) las dos cosas se parezcan mucho. Me decías que la profe había dibujado un círculo en el suelo y que ese círculo era un pozo en el que, uno por uno, todos los niños de Primero ibais tirando lo que no os gusta. ¿Y qué has tirado tú? "Las peleas", me has dicho satisfecha.

   (Yo también tengo cosas para tirar. ¿Crees que la profe me dejaría venir a sico? Me has respondido con una sonrisa. Siempre te ríes cuando te pregunto si me dejarían entrar en tu clase.)

   Después la profe ha dibujado una caja de regalo para que sacarais lo que más os gusta. Tú has sacado un columpio. Qué símbolo tan bonito de la infancia. ¿Sabes que sacaría yo de una caja de regalo? Claro que sí que lo sabes. Sabemos tanto la una de la otra... Por eso es tan díficil salir de los bucles. Pero ahora ya ha pasado. Que duermas bien.
Mamá.