"¿Jugamos?". Es lo primero que dice Paula al llegar a casa después de la escuela. Tiemblo. Algunos de sus juegos son tremendos. Por ejemplo, el de profes. Consiste en colocar a todos los muñecos en fila y echarles un rapapolvo de aquí te espero. Ni siquiera yo, su madre, me escapo de la bronca colectiva. Si se me ocurre interceder por mis compañeros de peluche, Paula me castiga "¡a hacer deberes a la clase de tercero!". (A ver quién la convence, cuando sea mayor, de que los deberes no son un castigo. ¿O sí lo son?).


Pero no se inquiete el gremio de maestros. Hay juegos más tremebundos. El de "hermanitas", por ejemplo. En este, Paula interpreta el papel de hermana mayor y a mí siempre me toca ser la pequeña. Cuando pregunto por la madre de las criaturas, la respuesta es más o menos así: "Se ha muerto y yo que soy la hermana mayor hago de mamá". Me queda el consuelo de que mi hermana mayor me trata siempre con una dulzura infinita.

A las profes y a las "hermanitas" se les ha unido recientemente un flamante juego simbólico: votar. Para esta modalidad de entretenimiento infantil se necesitan tres cajas de cartón con su correspondiente tapa, y tres sobres y tres papeles tamaño cuartilla por cada jugador/a (en nuestro caso, seis sobres y seis papeles). En el primer papel hay que escribir cómo te sientes ("feliz", "triste", "cansado", "enfadado"...); en el segundo, cómo se sienten tus amigos y, en el tercero, cómo te gustaría sentirte. Genial, ¿no?

Una vez escritos los papeles, los introducimos en los sobres y los depositamos en las tres urnas de cartón a través de la ranura que hemos abierto en las tapas. Cuando todos los presentes han votado, Paula procede a abrir las cajas y a leer el contenido de los sobres en voz alta. Es una cirugía emocional a corazón abierto.

El 9-M, ante las papeletas del colegio electoral, estuve a punto de salir corriendo y mandar al cuerno mi derecho democrático. Pero en casa me apetece votar. Lo tengo mucho más claro a la hora de elegir sentimientos.