Viernes. 19.30 horas. Planta de Pediatría de un Centre d'Atenció Primària (CAP) de Barcelona (que no es el nuestro). Entro con Paula en la consulta de la enfermera.

--Yo (intentando que no se me note el susto): Hola. A mi hija le ha mordido un perro en la pierna. Es una herida superficial, pero... ¿Podría echarle un vistazo?
--La enfermera: ¿Me da los datos, por favor?
--¿De la niña? Pero si los acabo de dar en recepción.
--No señora. Los datos del perro.

--¡Ah! Esos no los tengo.
--¿Qué quiere decir?
--Que no los tengo. No conozco de nada a ese perro.
--Precisamente. ¿Y no le ha pedido los datos?
--¿Al perro? Lo único que sé es que es una perra, que está criando y que es de la calle.
--Señora, en estos casos hay que pedir siempre los datos del perro.
--Es que este era de la calle. No tenía collar. Iba con un vagabundo que estaba borracho.
--¿Y qué quiere que haga si no sé si está vacunado?
--¿Quiere decir el animal? No está vacunado, seguro. Y ahora, ¿podría mirarle la herida a la niña?

(La enfermera limpia la herida de Paula con gasas y Betadine)

--Es muy superficial, ¿verdad? ¿Hay riesgo de infección?
--Sería muy difícil. Y como está vacunada...
--La perra no está vacunada.
--Digo la niña, señora.
--¡Ah! No. Es que mi hija tampoco está vacunada.
--(Con síntomas de hartazgo): Señora, ¿qué quiere que haga yo?
--¿Podría decirme cuál es su protocolo en estos casos?
--Ponemos la antitetánica.
--Pero apenas hay riesgo de infección, ¿no?
--¡Bufff!
--Vale, ya nos vamos. Gracias.
--Paula: Mamá, ¡yo quiero una vacuna, como mis amigos!
--Yo: ¡Bufff!

Posdata: Dedicado a la pediatra de nuestro CAP. Gracias por tu respeto y tu paciencia.