Esto ya lo he contado alguna vez. El día en que el papá de Paula se quedó la niña a comer y le preparó una escalivada de plato único y pistachos de postre. La niña apenas había cumplido 2 años, de vez en cuando aún chupaba teta, y el hombre se escudó aleccionándome en el dato de que un puñado de pistachos equivalen a un bistec. Cuando la recogí, Paula estaba muerta de hambre. (Espero que no piensen que esto es una venganza contra mi ex. Nooo... ¡qué va! No. En serio. No lo es).

De la escalivada catalana con pistachos supuestamente iranís (eso dice la etiqueta) pasó a la pasta. Luego a la pizza. Y, desde hace poco, al pollo. Desde que nació Paula (hace 6 años), me empeñé en que comiéramos alimentos ecológicos y frescos en casa. Ya pueden imaginarse el brutal choque de menús paternos (una cena a la semana) y maternos (las 13 comidas y cenas restantes). Tan brutal como el choque de nuestras personalidades.

"Mamá, ¿Sabes lo que comemos siempre en casa de papá? Vitamina P: Pasta, Pizza, Pollo". Incluso a un feroz seguidor de la dieta macrobiótica le hubiera entrado la risa. Así que contrataqué en los mismos términos: "¡Pues yo me apunto! Hoy nosotras también cenaremos Vitamina P: Puré y Pescado".

Ya me gustaría a mí tener siempre la gracia tan a punto y la mala hostia más a trasmano, pero hago lo que puedo teniendo en cuenta los 13 menús semanales, una jornada laboral completa y un mínimo de una hora de juego al día con Paula. Conste que no me quejo; en todo caso, justifico mis ratos de mala leche.

El sábado Paula y yo sufrimos uno de esos ratos. Andaba yo buscando como una loca sus zapatos. Recorrí las habitaciones, vacié todas sus bolsas y bolsos, incluso encontré unas zapatillas que creía perdidas en un hatillo. Pero nada. Se nos hacía tarde y mi cabreo aumentaba. "¡Paula! ¡No las veo!", grité. "¡Pues abre los ojos!", me soltó. Casi me la como. Por suerte, ella reaccionó rápido: "Es broma, mamá".