Son las nueve y cinco minutos de la mañana. Hoy es uno de esos días en que Paula y yo conseguimos salir de casa sonriendo y sin prisas. Caminamos hasta la cercana estación del tren que la lleva a la escuela y que pasa puntualmente a las nueve y diez.

En el andén, Paula se encuentra con una niña de su clase. Juegan. Faltan dos minutos. ¡Propera circulació, tren escolar!, anuncian a todo volumen por megafonía. Las niñas se cargan las mochilas a la espalda y van hacia su vagón sin dejar de jugar.


Le doy un beso a Paula. Se abren las puertas y ella y su amiga enfilan hacia los asientos libres. Cuando están a punto de ocuparlos, otra niña se levanta y les impide el paso. Por la ventanilla, veo cómo la sonrisa de mi hija se esfuma tras un empujón. Gesticulan. La otra acusa a Paula de algo que le hizo la semana pasada. Otro empujón. En lugar de cambiar de asiento, Paula sigue de pie, retadora. Desde fuera no las oigo, pero gritan. La monitora está dentro, pero es lunes y no se entera. Yo estoy a punto de saltar al interior del vagón. El día había empezado tan bien...
Me voy a casa con la sensación de haber dejado a Paula sola ante el peligro. Ya sé que a veces el peligro es ella, pero hoy me siento como si la hubiera abandonado. Es la típica reacción que mi exnovio consideraría desproporcionada, obsesiva, histérica incluso (por eso es mi ex).
Como no es la primera vez que veo esta escena en el tren, tengo dos opciones (la tercera es la terapeuta, pero no tengo cita hasta dentro de 15 días). 1) Voy a la escuela a comentar el tema a riesgo de que me tomen por una pesada y no pase absolutamente nada. 2) Escribo la columna del domingo para desfogarme. (Lo cierto es que ya me siento mejor).
A la vuelta del cole, le pregunto a Paula qué pasó por la mañana en el tren. Ella se queda pensativa y frunce el cejo, como si le hubiera pedido que desenterrara su pasado más remoto. "¿Ah? ¿Con Rosa? Nada. Somos amigas, por eso a veces peleamos". Fin del trastorno maternal.