--Mamá, ¿te puedo contar un secreto?
--Claro. ¡Me encantan los secretos!
--Me lo ha dicho Sonia. ¿Sabes? La de mi clase.
--Sí.
--Sonia dice que un día se van a llevar a su hermana a follar.
--¡Jod...! ¿Ah?
--¿Tú sabes qué es follar?
--Mmm... Sí.
--Es hacerse un triple morreo.
--Ya. Paula...
--¿Qué?
--No hay que llevarse a nadie a hacer cosas que una no quiera hacer.                                                 
--¡Pero si ella también lo quiere!
--Ah, vale. Paula...
--¿Qué?
--No me gusta la palabra follar. Prefiero que no la digas.
--Bueno.

Semejante conversación transcurrió sobre una bicicleta. Íbamos de camino a casa de los abuelos y les juro que no nos caímos de milagro. Menos mal que era domingo y no había mucho tráfico en la calle Diputación. No sé. Esperaba hablar con ella del tema, de sexo, pero no a los 6 años. Porque Paula solo tiene 6 años (y la hermana en cuestión no ha cumplido los 10, pero eso ya no es asunto mío).

Mi hija ha crecido llamando a las cosas por su nombre. Vulva, pene, testículos, son palabras que forman parte de su vocabulario habitual. Ha tenido sus episodios de encerrarse en un baño con su mejor amigo para ver de cerca cómo hacen pipí los niños y enseñarle cómo lo hacen las niñas. Incluso durante una semanas se empeñó en hacerlo como ellos, de pie. Pero, ¿follar?

La palabra me sonó agresiva para su corta edad. Tampoco me pareció el momento de explicarle que no significa exactamente "hacerse un triple morreo". Pensé que tiene derecho a descubrirlo cuando pueda comprender que follar es solo una parte de la dimensión sexual humana. Quizá es la que se lleva ahora, pero no es la única. (Hay que ver lo trascendental que me pongo a veces).