martes, 22 de enero de 2008 18:26
Gemma Tramullas
El gesto del señor de los pañuelos
No sé su nombre, pero sé que tenía un mal día. Aquel hombre delgado vendía pañuelos de papel en el metro (Línea 1) y por mucha literatura que le pusiera a su discurso ni una sola alma en aquel vagón articulado se inmutaba. O casi ninguna. Paula no le quitaba los ojos de encima.
Él se acercó a nosotras, resoplando. "¿Me dejas que te haga un regalo, bonita?", dijo mirando a la niña con la dulzura de los ojos oscuros, que es la más dulce de todas. Le dio un paquete de kleenex y siguió a paso ligero por el pasillo. "¡¿Mamá?!", se le escapó de la boca a Paula. Buscaba una aclaración y yo no sabía qué decirle. Solo me sentía tremendamente culpable, qué quieren.
"Toma, ve a buscarle y dale esto", le propuse sacando rápidamente del monedero unas cuantas monedas que no sumaban ni un euro. Ella corrió. Tuvo que correr, porque la impotencia se llevaba al hombre de los pañuelos más allá de nuestro campo de visión a pasos agigantados.
Sorteando aquellas almas impávidas, lo alcanzó al final del vagón. Le tocó tímidamente el brazo y él se agachó hasta quedar a su altura. Paula le enseñó las monedas en la palma de su mano y, sin decir nada, se las acercó. Él le cerró la manita y negó con la cabeza: "Era un regalo", susurró. Luego rebuscó en su mochila de pañuelos y sacó dos caramelos. "Toma guapa, para ti". Se levantó. Y se fue.
Paula volvió a sortear a las mismas almas imperturbables para llegar hasta mí. "Mamá, ¿por qué no ha querido el dinero? ¿No lo necesita?". En aquel momento yo solo podía pensar en una palabra: dignidad. Pero, ¿cómo explicársela? "Sí que lo necesita, hija. Pero para él era más importante hacerte ese regalo que el dinero, y yo no lo había entendido. Ahora ya lo entiendo". La niña se quedó pensativa. Más allá de mi patosa explicación, estoy segura de que el gesto del hombre de los pañuelos le llegó, como a mí, al alma.
"Mamá, ¿me puedo comer un caramelo?".