Mohamed pide perdón a los soldados de Estados Unidos, a sus antiguos enemigos, por haberles llamado para que curen a su hijo. No se atreve a llevarlo al hospital, los militares chiís le matarían. Mohamed es un hombre venido a menos. En sus buenos tiempos, los de Sadam Hussein, trabajó como diplomático y conoció al rey Juan Carlos. Era un privilegiado, un suní en régimen de suníes. Pero ahora Mohamed vive en una casa modesta, en un barrio de mayoría chií donde está condenado a muerte.
Admhed es la otra cara de la misma historia. Vivía en un barrio de mayoría suní y un día llamaron a su puerta, le dijeron: eres chií, pero nos caes bien así que tienes una hora para que te largues o estás muerto. Salió corriendo y se refugió en un barrio en el que los suyos ya se habían desecho de todos los suníes. Un barrio donde las milicias son el poder. Un Estado dentro del Estado.
Jano es cristiano y ya no sale de su casa. Vive entre dos mezquitas, una suní y otra chií, que todos los días se fríen a tiros. Mohamed, Admhed y Jano viven los tres en un palmo de terreno, en el sur de Bagdad. En una área controlada por una unidad norteamericana que ha plantado su base en un seminario católico. Hasta hace bien poco estos tres iraquíes podrían haber compartido un té, pero ahora ese universo de convivencia ha saltado por los aires. Ahora ya solo queda la guerra civil y los cadáveres de sus víctimas.