Texto: Marc Marginedas Foto: Sergio Caro
Nada más poner el pie en la pista de aterrizaje de Qala-i-Now, una pequeña población de 17.000 habitantes, casas de adobe y calles sin asfaltar, uno constata que hoy, Afganistán son dos países en uno: el primero, el de las provincias norteñas, de mayoría tayika o uzbeka y alérgicas en su mayoría a los talibanes. Aquí, las tropas extranjeras mantienen buenas relaciones con los locales y la reconstrucción avanza al ritmo que impone el país occidental a cargo de la tarea. El segundo Afganistán está al sur, concretamente en Nimroz, Helmand, Kandahar o incluso Farah, habitadas por pastunes que simpatizan con los talibanes, donde se desarrolla el grueso de las hostilidades y donde, según recogían los despachos de agencia, las fuerzas de EEUU habían provocado el martes su enésima masacre de civiles, matando a 21 mujeres y niños.
España se ha instalado en el relativamente pacífico norte. Relativamente porque aquí, quien más quien menos posee un arma y está dispuesto a utilizarla. Badghis, la segunda provincia afgana más pobre, es donde los españoles despliegan sus buenos oficios humanitarios, aplicando el principio de que en un lugar como Afganistán, para poder vencer, primero hay que convencer.
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