TEXTO: Marc Marginedas     FOTO: Sergio Caro

Hace solo pocos meses Ama Yan, representante del Ministerio de la Mujer en Kandahar, fue acribillada a disparos. Y 13 días después, Rona Tareen, treintañera afgana de holgadas proporciones, se encomendaba a Dios y asumía el mismo cargo que le había costado la vida a su predecesora. "Mi familia estaba preocupada pero, después de conversar con ellos, me dieron su aprobación", nos explica en su oficina sin permitir que su rostro muestre emoción alguna, mientras apunta anotaciones personales en un cuaderno. Como era de esperar, de la mano de la reactivación de la insurgencia talibán en el último año, han venido nuevas y renovadas agresiones contra las pocas mujeres que disfrutan de un cierto grado de emancipación en la provincia de Kandahar, antiguo reducto talibán, donde el peso de la tradición siempre ha impuesto más trabas a la promoción femenina que en el resto del país.

En estos primeros días de calor sofocante en Kandahar, un problema absorbe la atención de Rona Tareen, un tema que le obliga a acudir casi a diario a la cárcel. Es el caso de Gul Shah, de 16 años, solo una adolescente, aunque en un país como Afganistán sea ya una mujer en edad de merecer. Gul Shah huyó de su casa con su enamorado para evitar un matrimonio convenido y casarse con la persona que a la quería.

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Dos agentes verifican el estado ruinoso de la escuela Shamsuddin Kakar, en Panjwayec.

Texto: Marc Marginedas    Foto: Sergio Caro

Cuenta la policía en Panjwayec, típico poblado rural del sur afgano a una veintena de kilómetros de Kandahar, que aquí, la línea de frente comienza nada más cruzar el último puesto de control. Y no es que en este punto geográfico fuerzas gubernamentales afganas y talibanes posicionados frente a ellas intercambien disparos día sí y día también, imitando las grandes batallas que tuvieron lugar en el continente europeo durante el siglo pasado.

Lo que nos intentan dar a entender es que más allá de las barreras de Panjwayec, --no lejos de donde fueron abatidos ayer 60 talibanes-- los soldados y los agentes solo alcanzan a controlar el terreno que pisan. Que para penetrar en tales parajes, es obligatorio formar grandes convoyes militares que ahuyenten el riesgo de una emboscada. Que, en definitiva, se trata de un territorio hostil para el Gobierno, bordeado de pueblos de barro abandonados, plantaciones de adormidera en estado de dejación y abrasadas por el sol y almacenes agrícolas con fachadas horadadas por proyectiles. Pero, sobre todo, un lugar donde abundan las escuelas incendiadas, centros a las que los rebeldes parecen haber declarado una guerra paralela.

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Calle principal de Kandahar, donde han estallado más coches bombas.

Texto: Marc Marginedas       Foto:Sergio Caro

Primera regla de oro para el occidental recién llegado a Kandahar: salir a la calle solo cuando sea estrictamente necesario y en ningún caso deambular sin rumbo por la ciudad. Segunda regla, también de oro: no entretenerse en un lugar público donde uno sea fácilmente identificable, aunque sea charlando, realizando inocuas entrevistas o bebiéndose un té. Viajeros que habían recalado previamente en el bastión talibán hasta el 2001 nos adviertieron de que una visita a la gran urbe del sur no era un plan descabellado, siempre que se respetaran las normas elementales de precaución y visibilidad.

Y ciertamente, hay algo que hace diferente a Kandahar --450.000 habitantes, aunque comparada con Herat, con 100.000 habitantes menos, parezca una aburrida ciudad de provincias-- de los demás grandes núcleos de población afganos. Puede que sea la escasez de mujeres caminando por sus avenidas, mujeres cubiertas, aquí sin excepción alguna, bajo burkas de diferentes colores; mujeres que equivalen a sombras furtivas, apresuradas y siempre de paso. Puede que sea la hostil climatología, con un sol cegador que, a mediados de mayo, es capaz de expulsar a sus habitantes de la calle y recluirlos en sus casas durante las horas centrales del día.

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Texto: Marc Marginedas    Fotos: Sergio Caro  

En nuestro diario siempre dijimos que daríamos prioridad a la actualidad sobre la agenda preestablecida. Y lo prometido es deuda. Acabábamos de aterrizar en Kandahar, la principal ciudad del sur afgano, donde se gestó y creció el régimen talibán, y mientras ultimábamos nuestra historia pendiente sobre un centro de rehabilitación de toxicómanos en Herat, recibimos hoy, a las 8.30 horas de la mañana, una llamada telefónica personal del gobernador provincial. Asadulá Jaled nos daba la bienvenida a su territorio y nos convocaba a una rueda de prensa urgente que iba a celebrarse en aproximadamente 30 minutos. Leer más

Un afgano se inyecta crystal junto a un cementerio de Herat.

Texto: Marc Marginedas    Foto: Sergio Caro

La escena llegó a conmovernos. Arrebujado junto a otros drogadictos en un apartado rincón del cementerio de Khaja Abdulá Ansari, un barrio del este de Herat, Merwais Rasuli se inyecta una jeringa en su antebrazo izquierdo y, una vez introducida la aguja en la epidermis, la mueve con destreza unos milímetros, de derecha a izquierda, sin pronunciar quejido alguno, hasta que el tubo clínico se torna granate y se llena de sangre. Es la señal que indica que, por fin, ha hallado un conducto sanguíneo por el que introducir en su castigado cuerpo una dosis de crystal mezclado con agua.

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El joven Safdar, de 10 años, observa como un adulto hace las incisiones para sacar el opio.

TEXTO Marc Marginedas    FOTO Sergio Caro

Conversar con Abderrahmán Mohamedi, aparcero de una plantación de adormidera de un millar de metros cuadrados de extensión en las cercanías de Shindand, en el oeste de Afganistán, resultó bastante más sencillo de lo esperado. Habíamos decidido caminar entre las amapolas con cautela, a la vez que diseñado una elaborada estrategia de aproximación.

Pero Abderrahmán no creyó necesario esconderse, detener el trabajo, impedirnos el paso o incluso poner cara de circunstancias. Porque los remordimientos, las leyes afganas o incluso las prohibiciones coránicas, vino a decirnos este hombre de 40 años, con barro reseco cubriendo sus pies descalzos hasta los tobillos y rostro prematuramente envejecido, son solo un artículo de lujo para consumo de quienes día tras día no deben enfrentarse al hambre.

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Un helicóptero del Ejército español lanza bengalas antimisiles durante el viaje de vuelta de Qala-i-Now, el miércoles.

Texto: Marc Marginedas    Foto: Sergio Caro

Nada más poner el pie en la pista de aterrizaje de Qala-i-Now, una pequeña población de 17.000 habitantes, casas de adobe y calles sin asfaltar, uno constata que hoy, Afganistán son dos países en uno: el primero, el de las provincias norteñas, de mayoría tayika o uzbeka y alérgicas en su mayoría a los talibanes. Aquí, las tropas extranjeras mantienen buenas relaciones con los locales y la reconstrucción avanza al ritmo que impone el país occidental a cargo de la tarea. El segundo Afganistán está al sur, concretamente en Nimroz, Helmand, Kandahar o incluso Farah, habitadas por pastunes que simpatizan con los talibanes, donde se desarrolla el grueso de las hostilidades y donde, según recogían los despachos de agencia, las fuerzas de EEUU habían provocado el martes su enésima masacre de civiles, matando a 21 mujeres y niños.

España se ha instalado en el relativamente pacífico norte. Relativamente porque aquí, quien más quien menos posee un arma y está dispuesto a utilizarla. Badghis, la segunda provincia afgana más pobre, es donde los españoles despliegan sus buenos oficios humanitarios, aplicando el principio de que en un lugar como Afganistán, para poder vencer, primero hay que convencer.

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Un policía afgano ora en la gran mezquita de Herat.

Texto: Marc Marginedas   Fotos: Sergio Caro

Para unos recién llegados, intentar descodificar el estado de ánimo de una población respecto a un acontecimiento particular constituye una arriesgada misión en la que siempre se bordea el abismo de las generalizaciones. Y la tarea que nos fijamos ayer, introducirnos en el pensamiento del ciudadano de a pie en Herat y conocer su opinión acerca de la presencia de un contingente multinacional en el que están incluídos 690 soldados españoles --máxime cuando somos españoles y, por ende, parte interesada-- no fue más que una labor de aproximación que en ningún momento puede equivaler a un sondeo o a una encuesta científica. Los resultados, no obstante, no dan margen alguno a la OTAN para lanzar las campanas al vuelo. El estado de opinión no parece excesivamente favorable al contingente militar, y las declaraciones recogidas van desde un moderado recelo hasta un frontal rechazo, por mucho que algunos encuestados diferencien entre países y vean con más simpatía a algunos frente a otros, léase aquí EEUU o el Reino Unido.

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Texto: Marc Marginedas Foto: Sergio Caro

La misión: estabilizar al paciente recién llegado hasta que pueda ser evacuado a un centro hospitalario afgano, siempre que no sea un miembro del contingente militar de la OTAN. El objetivo: mantener las 14 camas hospitalarias libres y disponibles el mayor tiempo posible ante "cualquier eventualidad", lo que en un lenguaje de la calle equivale a un atentado o un ataque insurgente contra la fuerza multinacional o sus aliados afganos. Durante nuestra visita guiada de ayer al hospital Role 2, de la Base de Apoyo Logístico de Herat --hogar de 400 militares españoles--, el teniente coronel Casimiro Ordovas desgrana, uno a uno, los pormenores de su labor médica en Herat.

Nos admite que tratar a pacientes civiles afganos con patologías que ya han sido erradicadas en España como la leismaniasis, una enfermedad transmitida por un parásito que puede provocar graves desfiguraciones, le supone todo un reto profesional. Que contar con una avanzada tecnología médica en esta atrasada esquina de Asia Central es todo un orgullo para él. Que salvar de una muerte segura a un agente afgano "herido en un atentado por aquí cerca" con quemaduras de segundo grado en el 40% del cuerpo le produce una satisfacción especial, similar a la le causó en su día la resurrección de un pequeño de cuatro años, de nombre Naser, que presentaba una herida de metralla con entrada por región lumbar albergada en abdomen. "Tenía una perforación de los intestinos con derrames fecales", puntualiza Ordovas.

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Texto: Marc Marginedas. Foto: Sergio Caro

La desértica desolación del puesto fronterizo con Irán, el polvo en suspensión levantado por el intenso vendaval y una apesadumbrada muchedumbre humana, con las manos vacías o arrastrando niños, carretillas, bolsas de plástico o descomunales maletas, fueron los únicos testigos del forzado retorno de Alí Jan a tierra afgana. Alí no fue arrojado desde un segundo piso en Teherán como el deportado afgano que hallamos la jornada anterior en un hospital de Herat. Pero sí fue abofeteado repetidas veces en la cara, pateado, encerrado y sometido durante cuatro días a una frugal dieta de un tomate y una ración de pan antes de ser obligado a regresar a casa.

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Texto: Marc Marginedas. Foto: Sergio Caro

Nadie parece sorprenderse de que en los bazares de Herat, la tercera ciudad de Afganistán, a solo 160 kilómetros de la frontera con Irán, los precios se denominen, además de en afganis, en tomanes iranís, se expongan chadores, motocicletas, sillas y neveras procedentes del país de Ahmadineyad, y el detergente Darya (mar en lengua persa), importado de más allá del límite fronterizo, consiga récords de venta. La sombra de la vecina potencia regional, en pugilato eterno con Occidente, se hace sentir en todos y cada uno de los rincones de esta ciudad, hogar de cuatro centenares de soldados españoles. Leer más

Unos milicianos sacan su coche de un agujero en el valle de Zerkok.

Texto: Marc Marginedas. Foto: Sergio Caro

El hombre más buscado por las tropas estadounidenses en todo el oeste de Afganistán viste un shalwar kamiz (camisón largo) verde, luce una precoz alopecia bajo su turbante, no se deja fotografiar en ninguna circunstancia --ni siquiera de espaldas, por lo que no podemos mostrar imagen alguna de él-- y no se separa nunca de su kalashnikov. Duerme cada noche bajo un techo diferente, saca pecho al explicar que tiene abiertas las puertas de los "mil hogares" del valle de Zerkoh para esconderse e intercala sus ceremoniosos parlamentos con sonrisas en apariencia sinceras, pese a tener tras él al Ejército más poderoso del mundo. Es Ajtar Mohamed, uno de los cabecillas del clan Jan, cuya fallida detención el miércoles desencadenó una sangrienta represalia militar estadounidense en la que perdieron la vida 57 civiles afganos.


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Texto: Marc Marginedas. Foto: Sergio Caro.

Bien es sabido que en una guerra, la verdad ha sido siempre la primera víctima en caer. Y a quien se atrevió a proclamar por primera vez esta máxima no le faltó la razón.

Porque ayer, durante nuestra segunda jornada de estancia en el valle de Zerkoh, en la zona bajo responsabilidad española de Afganistán, pudimos comprobar con meridiana claridad cómo los más de 130 talibanes que el Ejército de EEUU decía el lunes haber abatido en el oeste de Afganistán se habían transformado en cadáveres de civiles --muchos de ellos mujeres y niños-- pudriéndose al sol. Cómo las batallas que las tropas estadounidenses aseguraban haber mantenido con insurgentes talibanes y en las que se adoptaron "todas las precauciones posibles para evitar herir a inocentes" --palabras textuales del comunicado oficial norteamericano-- se habían convertido en batallas campales, una de ellas, la última, con la apariencia de una típica represalia militar contra civiles inocentes con la intervención de las Fuerzas Especiales. Y cómo en Afganistán se demuestra una vez más que las guerras siguen siempre el mismo patrón de medias verdades, censuras militares y, sobre todo, flagrantes mentiras.


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Ruinas de Pamarkan

Texto: Marc Marginedas. Fotos: Sergio Caro.

Campos de amapolas en flor a la espera de ser cosechados --la materia prima de la heroína-- y milicianos pertrechados con kalashnikovs dan la bienvenida a nuestro Toyota todo terreno, tras vadear, no sin dificultades, el crecido cauce de un río. Acabamos de penetrar en el valle de Zerkoh, al sur de la población de Shindand, el lugar donde, supuestamente, tropas de EEUU abatieron la semana pasada a más de 130 talibanes. Nuestro propósito: comprobar si las versiones oficiales de los combates se corresponden con la realidad, si los caídos eran insurgentes o si, como es habitual en las guerras, eran los civiles los que habían pagado el precio de un error cometido en un despacho militar.

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