Parado en el cruce de Pedro de Valdivia y 11 de setiembre, observo, con cierta perplejidad, debo confesarlo, cómo una nueva mayoría festeja el triunfo electoral de Sebastían Piñera. La derecha reloaded. La derecha 2.0. O, sencillamente, la derecha.
Y si bien la algarabía la pusieron en la calle aquellos que viven en las zonas más chic de Santiago, la ciudad cuica, no hay que confundirse. Piñera ha ganado porque también lo han votado los sectores populares y una clase media ilusionada con convertirse en un nuevo ejército de emprendedores, de self made man como el futuro presidente.
Piñera no sería el ganador de las elecciones sin el enorme trabajo territorial de la Unión Democrática Independiente (UDI), el ultramontano socio de Renovación Nacional (RN) en la victoriosa Coalición por el Cambio. La UDI milita hoy en los barrios pobres, allí donde, en los ochenta, estaba la Concertación. Piñera le debe mucho a la UDI. Habrá que prestar atención a la manera en que el jefe de Estado honrará ese compromiso con el ala más pinochetista de la alianza de derechas.
La fiesta de la derecha fue una mezcla de algarabía clacista contenida y esperanzas populares, de ilusiones ante lo nuevo y una cuota de obsenidad, de la mano del presentador televisivo *** Morandé, menéandose junto a su coro de modelitos siliconadas.
-¿Un anuncio de lo que vendrá?- le pregunto a un amigo.
-¿En qué piensas?
-Digo: una alianza del recato confesional y el pool dance de las bailarinas en las pantallas nocturnas...
-Agrega: el decálogo meritocrático y la máxima flexibilización laboral.
-¿La revisión de la historia?
-No creo: el pasado dictatorial no tiene posibilidad de ser reinvindicado.
Camino por Providencia, una avenida que, esta noche, hace honor a su nombre, o al menos eso creen muchos, mientras agitan banderas nacionales montados sobre automóviles último modelo. La gente ha ido a la Alameda a escuchar a Piñera. Y Piñera les habló de la "maravillosa responsabilidad" que significa gobernar, de "solidaridad y fraternidad", de respeto ante los derrotados y de darle respuesta a los parados y las familias de hogares precarios, de levantar un Estado fuerte y eficiente, con "mucho músculo y poca grasa". Citó al poeta Vicente Huidobro. "Vienen tiempos mejores", anunció, y le agradeció a Dios.
Dijo que quiere construir sobre roca y no sobre arena. Es decir: la derecha ha llegado a La Moneda para quedarse por más de cuatro años. Habló de una "nueva transición".
La vida dilucidará muy pronto si Piñera es un "Berlusconi atenuado, a la chilena", como me dijo en diciembre el siempre lúcido historiador y analista Alfredo Jocelyn Holt.
Mientras, la Concertación Democrática inicia el inédito camino de la autocrítica y el desafío de reinventarse. Ha gobernado dos décadas y nunca, hasta ayer, conoció el rostro de la derrota. Algunos amigos me auguran auguran la ruptura entre la Democracia Cristina y el socialismo, en medio de una andanada de reproches mutuos. Otros creen que vendrán tiempos de autocrítica y renovación. En medio de la sensación de catástrofe que dominaba a los militantes oficialistas, el ex presidente Ricardo Lagos salió en encendida defensa de lo hecho en estos 20 años. Hubo un momento en el cual se le cortó la voz. Allí estaba Lagos, sobre el escenario, dando la cara. "Esta coalición deja el poder con la frente en alto. Nos vamos escuchando lo que nos han dicho los chilenos, que acá hay un reclamo a las prácticas políticas. Debemos ser capaces de enfrentar aquello para seguir conduciendo a Chile con los mismos sueños que nos han movido en estos años. Haremos una oposición con la grandeza nacional que corresponde. Termina una etapa histórica. Abramos paso a las nuevas generaciones".
El tiempo lo dirá también.