sábado, 09 de agosto de 2008 4:14
Abel Gilbert
El regreso de Los Superagentes y otros viejos conocidos
Hace un par de días, el ex teniente coronel del Ejército argentino, Julían Corres se escapó de una cárcel bonaerense. "Laucha", su nombre de guerra durante la última dictadura, no se fugó de manera espectacular: salió de la celda como si nunca hubiera estado, y con la complicidad de quienes debían vigilarlo. Corres fue un salvaje torturador. Solía dejarse crecer el cabello para infiltrarse entre los estudiantes. Mientras Laucha huía camuflado, en los cines argentinos comenzaba a exhibirse, especialmente para el público infantil y adolescente, la película de Los Superagentes: nueva generación. Es, esta, en cierta manera, una película homenaje. Un homenaje a viejos paladines, "superagentes" con "nombres de guerra" zoomórficos como el del ex coronel fugitivo, es decir, "Tiburón", "Delfín" y "Mojarrita".Esos eran los "héroes" cinematográficos que, en los años 70 y principios de los 80, buscaban la fusión imposible entre cierto glamour "a lo James Bond" y las formas de accionar clandestinas de la represión dictadorial.
Las películas de Los Superagentes de la "vieja generación" contenían esa dosis de "aventuras" solo imaginables en un país azotado por el dolor y la censura. Ellos eran "agentes encubiertos". "Tiburón", el más fuerte. Los "malos" nunca podían con él. "Delfín", en cambio, hacia valer su astucia. Y "Mojarrita", algo más torpe, era el encargado de arrancar una carcajada en la platea despolitizada. En el primer filme de la saga, La gran aventura, de 1974, los tres agentes forman parte de la organización Olimpo, el mismo nombre de uno de los campos de concentración que funcionaría dos años después en Buenos Aires.
La "Guerra Fría" ya no es un tema convocante. El Muro de Berlín se ha caido hace 19 años. Ahora, el inefable trío, reencarnado en nuevos actores y modelos publicitarios, ya no lucha contra ese "otro" peligroso sino contra una banda de secuestradores, esta vez, manejada por una travesti.
Imagino a Corres en un cine, semi clandestino, comiendo palomitas de maíz, deleitándose con las peripecias de estos aventureros que rinden tributo a los comandos de los años 70.
Mientras tanto, en la ciudad "real", suceden cosas que parecen extraídas de esas mismas películas. Sin disparar armas, un grupo de ladrones disfrazados de policías robó 15 cuadros de Antonio Berni, uno de los grandes nombres de la pintura argentina moderna, valuados en 4,5 millones de dólares. Las obras eran trasladadas por un camión cuyo recorrido solo lo sabía la empresa. Un automóvil lo interceptó cerca de la autopista. "Tranquilos, muchachos, vayan a su casa a descansar", les dijeron los "policías" a los transportistas. Luego los despidieron con un apretón de manos y unos 500 euros de regalo.
Veintiocho años atrás, en la Navidad de 1980, otro grupo comando se llevó 23 pinturas del Museo Nacional de Bellas Artes, entre ellas de Paul Cézanne,Paul Gauguin, Auguste Renoir. Siempre se dijo que aquel grupo comando estaba ligado al aparato represivo de la dictadura. Ese año se estrenó en Buenos Aires Los superagentes contra todos, "Delfin", "Tiburón" y "Mojarrita" deben impedir que un importante descubrimiento, que puede cambiar el destino del mundo, caiga en manos de un narcotraficante.
El pasado siempre regresa, como ficción, realidad o amenaza.