La guerra del campo ya es pasado. Las vacaciones de invierno rocían con una delgada capa de olvido a la ciudad. El enervamiento ha dado paso a la distracción. En estos días grises, los cines de esta ciudad se abarrotan estos días de grandes y chicos. Todos quieren ver Wall-E, la última película de los estudios Disney-Pixar. Wall-E es un robotito que sigue recogiendo basura en un planeta que se ha convertido en un vertedero. La historia transcurre en un futuro muy remoto, con cruceros intergalácticos y naves espaciales. A 700 años de distancia de aquellas aventuras, el mundo que pinta Disney en Wall-E tiene algunos rasgos que ya se pueden adivinar en Buenos Aires. La basura y el escombro se están convirtiendo en una compañía hedionda. Y lo peor: no sabe bien qué hacer con todos los desechos.

            El Gobierno de la ciudad de Buenos Aires acaba de renunciar a su campaña educativa para que los habitantes separen la basura en sus casas, colocando en un contenedor los residuos secos, que son reciclables, y, en otro, los húmedos, que ya no pueden aprovecharse. "La recolección diferenciada de basura le cuesta mucha plata al Estado (143 millones de euros) y no sirve para nada, porque en cuanto se abren los contenedores, todos los residuos están mezclados", dijo el ministro de Ambiente y Espacio Público de la ciudad, Juan Pablo Piccardo.

            "Tampoco vamos a gastar plata en una campaña de concienciación de la sociedad, porque el sistema evidentemente fracasó", agregó, impertérrito. O sea: hay que olvidarse del programa Basura Cero, porque los desvelos de ecologistas y los grupos de defensa del medio ambiente tienen en Argentina el alcance de un suspiro. Aquella ley buscaba reducir en un 30% la masa de residuos que se entierran en la periferia de la capital, con enormes trastornos para la salud de los que viven cerca de esos gigantescos basureros.

La imposibilidad de corregir los hábitos de tres millones de personas es una enorme derrota cultural de la que muy pocos dirigentes se hacen cargo. El Gobierno no tiene demasiado interés en la pedagogía, y por eso buscará ahora que el reciclado de la basura lo hagan cooperativas de cartoneros, grupos de exparados que hurgan todas las noches en los recipientes callejeros y se llevan los desechos secos, para luego venderlos por kilogramo.

Como era de esperar, Greenpeace y otras organizaciones del medio ambiente salieron a criticar a las autoridades por abandonar los objetivos del programa Basura Cero. Claro que el desecho diario no es el único trastorno de esta ciudad. De las 5.000 toneladas diarias de residuos que se generan en la capital argentina, 1.000 toneladas son escombros, y a veces permanecen durante semanas en las calles al igual que si fueran esculturas. Unos 30.000 automóviles, abandonados o con problemas judiciales, se acumulan a su vez en los tres grandes cementerios de coches situados en la zona sur de la capital. Todos están colapsados. Lo mismo ocurre con los cementerios de ordenadores viejos. La montaña de desperdicios tecnológicos crece tanto que es la mejor anticipación del mundo tal cual lo pinta Disney-Pixar en Wall-E.

            Para ser justos, la literatura argentina viene oteando ese horizonte oxidado desde hace años. El que mejor lo describe es, sin duda, Marcelo Cohen, un escritor que ha vivido décadas en Barcelona, y regresó a mediados de los 90 a Buenos Aires. La ciudad imaginaria de El testamento de O´Jaral (Alianza, 1995) ya no resulta aquí tan fantasiosa: "en el paseo de la Ribera, dignificadas por el frescor del agua, pirámides de desechos tecnológicos se ofrecían a los caprichos de una economía sin beneficios, pero más entretenida que la de los verdaderos probres". En su última y extraordinaria novela, Donde yo no estaba, recientemente editada en España, el narrador se toma más de 700 páginas para construir un universo que el presente dibuja a modo de relampagueos. Olivierio Coelho ha seguido a su manera los pasos de Cohen. En la trilogia que integran Los invertebrables, Borneo y Promesas naturales, la ciudad es también, para Cohelo, un tinglado saturado de trastos inservibles con los cuales se va mimetizando la especie.          

            Tal y como están las cosas, seguro que no habrá que esperar 700 años para que Buenos Aires sea aplastada, como en esas novelas o en Wall-E,  por el peso la broza y la escoria.